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Sábado 25 Febrero, 2012

Hasta pronto, maestro

Al margen del consuelo que puede dar la espiritualidad, la ausencia de un ser humano, cuando hace el viaje de no retorno hacia un estadio superior de conciencia, siempre es dura para los que quedamos atrás, aunque su esencia siga viva en los corazones de quienes recibimos su amor y su respeto. Hace ya tres meses, mi maestro y mi segundo padre, Renato Cajas Corsi, emprendió ese camino hacia el infinito.
Entre otras cosas, periodista de La Nación y del desaparecido Excélsior; director del Semanario Universidad; jefe de prensa del Banco Central; encargado de prensa de Casa Presidencial, durante la primera presidencia de Oscar Arias; miembro de la Junta Directiva del Colegio de Periodistas; y Director de Comunicaciones de la Municipalidad de San José, en el periodo en el que el Alcalde Johnny Araya realizó grandes cambios en la ciudad, don Renato siempre quiso estar en un discreto segundo plano, lo que contrasta con el ansia de protagonismo de generaciones posteriores de comunicadores. Chileno de nacimiento, —país en el que también tuvo una destacada carrera periodística, así como en el mundo de las Bellas Artes—, y costarricense por decisión y por convicción propias, mi maestro se fue de este mundo ofreciendo una lección de dignidad, ya que enfrentó con una admirable valentía un cáncer que, finalmente, le ganó la partida.
Su legado, en mi caso, fueron ideales de justicia social, de libertad y de solidaridad que compartimos y que, gracias a la Providencia, —sea cual sea la idea que de esta tuviese don Renato—, nos unieron en el camino, por lo que le doy gracias a la vida. Solo un ejemplo ilustra, como ninguno, la calidad de ser humano que hoy recuerdo con tanto cariño: contrario censo de lo que mucha gente piensa, en el sentido de que los ciegos no podemos ser comunicadores, mi ex Jefe ignoró los prejuicios, para darme la oportunidad de desarrollarme profesional y personalmente. Ojalá otros no videntes, que hoy no tienen empleos dignos, encuentren en su camino a alguien, como don Renato, que sepa valorar a la gente por sus capacidades, y no por sus discapacidades.
Poco antes de la muerte de don Renato, escuché el último discurso, entre balas y bombas, del Presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, durante el golpe de Estado militar que lo derrocó en 1973, episodio que sería fundamental para que mi maestro terminara por radicarse en Costa Rica. Decía Allende: “La semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenas y chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza. Podrán avasallarnos. Pero, no se detienen los procesos sociales, ni con el crimen, ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.
Esa semilla, de la que hablaba Allende, mi maestro la hizo germinar en este país, no solo entre quienes le admiramos profesional y personalmente, sino que también alcanzó, gracias a su mística, dedicación y trabajo, a miles de costarricenses que, sin conocerlo, le deben mucho a su fe en la justicia social y en la solidaridad humana.

Manuel D. Arias M.
Periodista