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Hablando Claro

| Miércoles 03 octubre, 2007


Hablando Claro
Vilma Ibarra

De 1987 a hoy, en América Latina se realizaron 41 consultas democráticas; el 90% de ellas en los últimos siete años. Y no se trata de una excepción. En el mundo, una especie de ola renovadora de la democracia directa provocó que nunca antes como el año pasado, tantos millones de ciudadanos participaran en la toma de decisiones de asuntos esenciales para su convivencia social. Una explicación a este fenómeno –que ciertamente es multicausal— la podemos encontrar en el hecho de que la democracia representativa está en proceso de reforma y modernización y ello ha permitido abrir válvulas a la participación directa, en lo que suele denominarse como un aspecto sustantivo de la democratización de la democracia y que puede explicarse como una forma más refinada de distribuir el poder; un complemento de la democracia indirecta e incluso, una dosis de revitalización de la autoestima política de los ciudadanos, simple y sencillamente porque el referéndum nos coloca en el centro del escenario político.

Como quiera que sea, estamos en tiempos de globalización de la democracia directa y, por suerte, Costa Rica no pudo escaparse al signo de estos tiempos porque francamente era sorprendente que hasta ahora formáramos parte de una especie de rara avis política en la que muy pocas democracias del mundo (solo una de cada diez) no cuenta con mecanismos de participación democrática directa u otras que teniéndolos aún no los han “estrenado”. Como quiera que sea y por las razones incluso nada halagadoras de que nuestra clase política fue incapaz de tomar la decisión, lo cierto es que los ciudadanos asumiremos la diputación y votaremos. ¿Que nos tocó difícil? Sí. Precisamente seguro por eso un asunto tan complejo y técnico no ha sido objeto de consulta democrática directa en ningún país del mundo. Pero tampoco es cuestión de asustarse. La experiencia mundial demuestra que al principio, los referéndums constituyen ideas de cambio sustantivo para tornarse posteriormente en consultas sobre asuntos más cotidianos. En todo caso como dicen los suizos —maestros y señores de la democracia directa— “cuando la gente pisa colectivamente el pedal del acelerador —o del freno— se toman decisiones (verdaderamente) importantes”. …
Y cuáles beneficios están a la vista? El referéndum ha contribuido a la democratización de la agenda política, promovió el debate público, acercó a los ciudadanos a la política y en definitiva, ha dinamizado el sistema político. Todo esto, que hace unos meses hubiera podido sonar tan ajeno a nuestra experiencia es algo fácilmente comprensible hoy.
Ahora bien, el meollo del asunto para que un referéndum sea exitoso —amén por supuesto de garantizar la pureza del sufragio, aceptar la voluntad popular mayoritaria y promover el inmediato acercamiento y diálogo político consecuente con el resultado— estriba en que los ciudadanos nos movilicemos. De modo que todo esto cobrará el mayor sentido posible el domingo si la inmensa mayoría de los 2,6 millones de votantes acudimos a las urnas.
¡Que así sea!

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