Este fin de semana mientras escuchaba mi playlist, sonó Freedom! ’90 de George Michael y me hizo pensar en la palabra “libertad”, un concepto que ha sido empleado a lo largo de la historia, manipulado… mal interpretado, hasta el punto de que muchas veces hemos perdido de vista su esencia.
Hagamos un ejercicio: preguntémonos en silencio, ¿cuándo fue la última vez que nos “editamos” para encajar en algún grupo o situación específica? ¿Cuándo decidimos actuar no por lo que realmente queríamos, sino por la validación externa, por el qué dirán o para ser aceptados?
La respuesta no es correcta ni incorrecta. Es una autoevaluación, honesta y personal, para reconocer cuántos de nuestros días están llenos de roles, máscaras y expectativas externas y cuánto de lo que supuestamente vivimos, lo vivimos desde lo que somos o simplemente desde lo que esperan de nosotros.
Este mensaje parece más relevante que nunca. Recordemos, en su raíz la libertad es el derecho de cada persona a vivir como decida, siempre que no afecte los derechos de los demás. Esto implica defender la autonomía personal, frente a cualquier forma de control excesivo. Sin embargo, la libertad no es un acto aislado ni automático, requiere responsabilidad.
Y aquí surge un concepto aún más profundo, el de “accountability”. En español no tenemos una traducción exacta, pero podemos entenderlo como la responsabilidad por los resultados de nuestras acciones y omisiones. Es más allá de la responsabilidad en el sentido lato de “cumplir tareas”, es más bien “rendir cuentas”. Llega un momento en la vida donde tenemos que aceptar que nuestras decisiones, así como nuestra pasividad tienen consecuencias.
Puede resultar cómodo culpar a gobiernos, empresas, instituciones o sistemas, pero “accountability” nos recuerda que somos parte de los resultados que obtenemos como sociedad. Es hora de reconocer nuestra participación, directa o indirecta en los resultados que estamos obteniendo. Nuestras acciones y omisiones tienen consecuencias, y esperar que “alguien” venga a solucionar los problemas, sin asumir nuestra parte, es negar nuestra corresponsabilidad.
La libertad no está en el disfraz que usamos para que otros nos aprueben. Está en decidir quién queremos ser y asumir las consecuencias de esa elección. Ser libres no significa simplemente tener derechos, es aceptar la responsabilidad por los actos propios. Y esto tiene una dimensión colectiva, porque cada decisión individual, suma o resta a esos resultados. La libertad sin rendir cuentas es falsa, se convierte en libertinaje y eventualmente en caos.
El verdadero acto de libertad, como sociedad y especialmente como individuos es cuando decidimos “escuchar nuestra propia música”, cuando decidimos ser más honestos con nosotros mismos y dejamos de esperar que otros nos salven. La libertad, requiere que aceptemos que muchos de los problemas que enfrentamos no son culpa de “alguien”, sino que ese alguien también somos nosotros.
Hemos aprendido a vivir “editados” moldeandonos para encajar hasta olvidar nuestra propia voz. Dejemos de editarnos. La verdadera libertad empieza cuando dejamos de buscar afuera las respuestas y nos atrevemos a ser auténticos.





































