Estado gordo y perezoso
El trípode sobre el que se sustenta el desarrollo en democracia es: riqueza, conocimiento y un Estado fuerte, jamás gordo ni flaco
El trípode sobre el que se sustenta el desarrollo en democracia es: riqueza, conocimiento y un Estado fuerte, jamás gordo ni flaco
La gobernabilidad y la gobernanza —muy confundidas, por cierto— vienen complicándose en nuestro país, cuando históricamente han sido nuestra fortaleza. Algunos han tratado de justificar el asunto desde diversas aristas, la más común es achacarle las penas a nuestro entramado estatal, sobre todo apelando a su amorfo y gran tamaño. Otros, con visión retrógrada creen que más bien es muy pequeño, que debería minimizar cualquier participación de la actividad privada.
El resultado final de esta disputa fanática y desconceptualizada ha sido un Estado “gordo”, lleno de grasa, pesado y lento. Totalmente descoordinado, que duplica y omite funciones; políticamente poco eficaz y administrativamente muy deficiente.
Existen los que piensan que las ideas se sostienen en el tiempo sin cambio algunos, que el planeta no gira. Viven del pasado, en palabras de Ortega y Gasset, apegados a un patriotismo inerte, que no se ajusta a la realidad, cuando lo urgente es un patriotismo activo que lea e interprete los cambios.
Lo importante no es si el Estado es “gordo” o “flaco”, sino cuán fuerte o débil es. Si no eliminamos “grasas” y tonificamos nuestra organización estatal será imposible recuperar la salud de que gozó en el pasado.
La artritis —lentitud— provocada por esa grasa lo tiene con inflamación en las articulaciones, limitándole sus movimientos por la hinchazón de algunas de sus instituciones. Es un Estado que no puede elegir sus propias “prendas”, estas son definidas por otros y siempre con la intención de disimular el cuerpo deforme.
El nivel de “colesterol” del estado costarricense atrofia la toma de decisiones y aumenta los riesgos cardiacos. Siente rechazo de otros Estados mucho más fuertes, articulados, rápidos y saludables que le empiezan a superar; más cuando lo ponen a “bailar” —competir— y lo ven con dificultades de respiración y con poca fortaleza en sus acciones y movimientos.
A nuestro estado la gordura le ha generado várices y diabetes. Su sedentarismo aumenta en forma alarmante, hasta hipertenso se le nota. Algunos de nuestros gobernantes y funcionarios públicos le han provocado edemas —retención de líquido— en la administración de los recursos, sobre todo al ejecutar sus presupuestos y terminar con superávit financiero, como si la pobreza y los problemas hubiesen desaparecido. Maldita gordura, que se agrava cuando aparece el cáncer de la corrupción, enfermedad que le asecha siempre.
Estado gordo que sufre de gota (acumulación de problemas), lumbalgias (bloqueo de movimientos) y dolor de espalda (sobrecarga de responsabilidades). Nos urge un Estado fuerte que pueda resistir las épocas de cambios, que sea animoso y duro en la eliminación de la pobreza y las desigualdades, que se caracterice por ser robusto y corpulento al momento de tomar decisiones justas y urgentes.
Necesitamos un Estado que tenga la fortaleza de caminar por los terrenos ásperos y se convierta en la fortaleza y el recinto fortificado de los más necesitados. Un Estado que comprenda que el mercado debe ser su socio. Ni su amo ni su adversario, su socio. Un Estado desprendido de obsoletos dogmas económicos y políticos, que comprenda que el trípode sobre el que se sustenta el desarrollo en democracia es: riqueza, conocimiento y un Estado fuerte, jamás gordo ni flaco.
Claudio Alpízar Otoya
Politólogo