Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 9 Enero, 2010


ELOGIOS
¿Es preferible ser o estar?

Es cierto que un nuevo año incita a revisar comportamientos, pasajes de vida, estúpidos FODA que establecen Fortalezas que deben ser Oportunidades y Debilidades que son Amenazas, vaya tontería creada para los administradores de empresas…
Lo malo de todo esto es que apoyarse en las debilidades para fortalecerlas es trágico: a uno le puede llevar la vida fortalecer las debilidades porque el tiempo se va así debilitando las fortalezas. Usted sabe hasta la saciedad que solo puede apoyarse en las fortalezas porque luchar contra las debilidades se llevan un tiempo innecesario que suele ser tiempo perdido, además, no ignora que todos nos destacamos por cumplir con nuestro destino, es decir, con simplemente ser el que somos, como dijera Píndaro a los atletas griegos.
Siempre creí que ser era el planteo básico de la vida y me repetí una y otra vez que su búsqueda era lo máximo, tal vez porque estar establecía la diferencia metafísica fundamental y me preguntaba qué implicaba Shakespeare con su “to be or not to be, that is the question”, es decir: Ser o no ser, esa es la cuestión, calavera en mano.
Hasta que un día —y no hace mucho— comencé a pensar que algo había de erróneo en otros idiomas que no existía en el nuestro y caí en la cuenta de que en español nos movemos entre ser y estar mientras que en inglés el “to be” es ambos conceptos, igualmente me sorprendió que con être sucediera lo mismo en francés y en italiano se diera con el éssere. No sé cómo se comportan otros idiomas pero ser y estar están presentes en los verbos mencionados, mientras en español usamos el ser como esencia o naturaleza y el estar como estado o circunstancia y no es ajeno Ortega y Gassett a este modo de pensar.
Nuestro idioma puede ser pobre en lo tecnológico pero muy rico en los conceptual, en las ideas, en el pensamiento. Yo soy yo o intento serlo y se me va la vida en encontrarme, lo que es posible porque alguna vez me he perdido, sé que me tengo o al menos lo intento y mi yo me convoca permanentemente para protegerme de lo externo, lo de fuera, lo extranjero y desconocido, de lo que hay que dudar y cuidarse.
Pero estar es más sencillo, porque basta con sentir que —bien o mal— estoy aquí y ahora, no en una idea ni en una burbuja sino en una realidad, lo que me rodea, mi circunstancia, mi alrededor, lo que nunca será lo mismo para los otros aunque existan regímenes represivos que intenten mostrarnos que lo que nos rodea es nuestro, de todos, igualitario, el mundo feliz de Aldous Huxley donde no hay que pensar, el de los políticos que nos prometen lo que nos falta pero no dicen cómo.
Parece que lo correcto es adherir no al ser sino al estar: estar en buena situación, beneficiarse de la estupidez de otros, aprovechar la tontería y expectativas de los más necesitados, promover la pobreza en la medida que nos enriquezca o nos brinde poder que no es poder de sino poder sobre.
No tengo nada especial que buscar que no haya conseguido o que me satisfaga conseguir. A esta altura de mi vida no intento alcanzar el arco iris y he comprendido que soy mientras estoy y que tras la vida uno deja de ser. Es decir, que somos vida mientras estamos en la vida y que ello implica vivirla al día, disfrutar de ella, de los otros, de uno mismo y lograr que estar en ella sea tan gratificante como para sentirla en plenitud.
El resto, lo sucedido, lo vivido es apenas un recuerdo de lo bueno que hicimos (la memoria es selectiva y nos evita pensar en lo desagradable) y el olvido juega así su rol al eliminar lo que nos conviene y seguir estando mientras repetimos que “todo tiempo pasado fue mejor” cuando en rigor de verdad no fue mejor sino apenas diferente.

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