Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 3 Diciembre, 2007

Empresas con responsabilidad social

Claudia Barrionuevo

Karol tenía apenas 22 años. Estaba embarazada. Como toda muchacha de esa edad tenía esperanzas, sueños, ilusiones. No había logrado estudiar mucho debido a su realidad social y económica. Sin embargo estaba contenta con su trabajo: dependienta de una tienda de moda en un “mall” de moda.
Karol estaba cargando mercadería en un elevador de carga cuando —por una fatalidad— el ascensor se desplomó y el vacío que la caída de este produjo, arrastró a la muchacha hacia la muerte. Fatalidad, repito. No fue responsabilidad de la tienda de moda en el “mall” de moda.
Sin embargo los altos funcionarios de la cadena —aunque llamaron a las autoridades correspondientes— continuaron con su operación comercial. La tienda no cerró, los empleados que en un principio se enteraron de la desgracia acontecida fueron obligados a callar y continuar con sus tareas. No fuera a suceder que la compañía perdiera sus ventas de ese momento.
Cuando llegaron los oficiales encargados de la investigación la tienda fue cerrada a instancias de ellos. Antes de eso los clientes siguieron siendo atendidos ignorando que en el mismo edificio y a pocos metros de ellos había un cadáver.
Los personeros de la cadena no asistieron al entierro de Karol, no permitieron que sus compañeros faltaran al trabajo para acompañar a su familia y publicaron una esquela no con el nombre de la famosa tienda de ropa sino con el de la sociedad anónima que los protege.
¿Ficción o realidad? No soy periodista lo cual me permite escribir cuentos o dramatizar historias. Y esta —la que acabo de relatar— está basada en los chismes que circulan entre los miles de empleados de un centro comercial.
El suceso me conmovió. Me hizo pensar en el capitalismo salvaje y en sus mandamientos de los cuales el primero debe ser vender por sobre todas las cosas.
Así como se ha impuesto el capitalismo y uno de sus aliados incondicionales, el consumismo desatado (la libertad, vamos, dirían quienes lo defienden), las mismas empresas han creado una nueva herramienta de mercadeo: la responsabilidad social. Como un bálsamo capaz de aliviar y alivianar las conciencias atormentadas de los consumidores, las compañías se lavan la cara de cualquier resabio de ambición desatada y proponen un objetivo de interés colectivo. Desde ayudar a una escuelita pobre hasta colaborar con la Navidad de los niños de un precario pasando por salvar a los delfines. Objetivos loables, sin lugar a dudas, pero que tratan de disimular las culpas de todos los que gastamos dinero en cosas muchísimas veces innecesarias. A uno le queda la sensación de que por lo menos “ayudó”.
Para las grandes transnacionales la imagen es un aspecto fundamental de su proyección social. Fabrican sus productos en países pobres donde los costos de producción son menores (bajos salarios y pocas o nulas garantías sociales) pero condenan el trabajo infantil, por poner un ejemplo.
Hace poco una gran empresa internacional sacó del mercado todos los productos contaminados con plomo que habían sido fabricados en China. Sin embargo cuando firmaron el contrato posiblemente solo se fijaron en los costos que les ofrecieron sin importar otros aspectos.
En todo caso si los chismes que circulan en el “mall” son ciertos me sumo a quienes condenan a la compañía en cuestión y como un acto de solidaridad con mi ficticia Karol no compraré jamás en esa tienda.

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