Entre abril y agosto de cada año, en Costa Rica, se presenta un fenómeno que ya tiene algún tiempo de producirse. Yo le llamo "temporada de reportes".
Las empresas se toman un tiempo para rendir cuentas y explicar cómo avanzan sus estrategias de triple valor (también llamadas estrategias de sostenibilidad) respecto a los compromisos que se trazaron. Siempre es una época llena de esperanza y motivación, además de generar un chapuzón de realidad sobre el avance de los compromisos de las compañías en materia social, ambiental y económica.
Hace poco asistí al reporte de BAC y en algún momento caí en cuenta de algo que había dejado de lado y que es básico en el mundo de las empresas con propósito. La puesta en escena fue impecable, hubo muchos detalles y pudieron explicar gran cantidad de resultados y avances de su estrategia. ¡En hora buena!
Sin embargo, el punto más alto de la actividad es que lograron que cantáramos, aplaudiéramos y nos emocionáramos. ¡Sí, algunos cantamos y otros aplaudieron!
El reporte de BAC me ayudó a tomar consciencia de que las emociones siempre deben de aflorar y sobre todo en momentos donde se rinden cuentas y se celebra.
La emoción, esa sensación que corre por todo el cuerpo y hace que la piel se erice, que salte una lágrima, una risa o que simplemente el cuerpo se mueva al compás de la música. No podemos trabajar por un mundo de empresas diferentes, si cuando las empresas lo logran no nos emocionamos y dedicamos un momento a bailar, aplaudir, cantar o llorar de emoción. Justamente esas emociones son las que hacen que todo sea diferente. Son las que nos vuelven más humanos.
Es cierto que los ojos deben estar fijos en las metas, los indicadores y en el logro de los objetivos. También es cierto que la inversión estratégica debe ganarle a la filantropía, pero no por eso debemos dejar de lado lo que, al final, buscan todas estas estrategias:
¡Volvernos más humanos!
En el fondo de la experiencia humanitaria siempre habrá emociones, pues eso nos asegura que seguimos vivos y estamos presentes. Una estrategia de sostenibilidad sin vitalidad es una estrategia de negocios tradicional, tiesa, insípida. Una estrategia de este tipo debe recordarnos en cada logro, en cada paso, en cada meta conseguida; que estamos vivos, que vibramos y que lo estamos logrando, a pesar de que falta camino por recorrer.
El canto de Debi Nova y de Haury nos movieron al punto de que nos sentamos al borde de la silla y salieron de la nada aplausos conmovidos y cantamos sin saber que estábamos en un evento de esos que, como dicen los ejecutivos, son serios y hay que mantener ciertas poses.
Pero no solo la música nos hizo vibrar. También hubo casos de éxito, contados por sus propios protagonistas, que nos permitieron entender que hacer otro tipo de empresa también es posible y que beneficia a muchos (incluso a los accionistas).
Algunos dirán (siempre hay quienes ven el vaso medio vacío) que solo son algunos casos y solo es una empresa; a esos hay que responderles que ya basta de estar viendo solo en qué nos equivocamos; bien vale parar por un momento y simplemente dejarnos llevar por la emoción, esa que tanto bien nos hace y que nos saca del mundo de los retos y los objetivos milimétricos y nos planta en el paraíso del aplauso, el canto y la lágrima emotiva. En pocas palabras: en el maravilloso paraíso del arte.
Salí de ese evento convencido de que he elegido el trabajo más lindo del mundo y que no estaba loco cuando empecé en este oficio. Ya hay empresas que lo están logrando y lo celebran.
Me tomo el atrevimiento de parafrasear la estrofa de una de las canciones con las que Debi Nova nos emocionó. Ella decía en su canción que "el corazón ya lo sabía, sin amor, no hay amor que sobreviva"...
Yo diría que las empresas ya lo están empezando a entender, sin humanidad, no hay compañía que sobreviva.





































