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COLUMNISTAS


Emergencia Educativa

Eleonora Badilla [email protected] | Miércoles 17 febrero, 2021


El 30 de marzo de 2020, al inicio de la emergencia sanitaria que desató la pandemia por el COVID-19, en estas misma páginas sugerí que era necesario decretar también una emergencia educativa. En los últimas décadas, nuestro sistema educativo no ha sido capaz de seguirle el paso a los avances de la ciencia y la tecnología; a los cambios conceptuales, sociales y culturales; al avance en equidad y derechos humanos, ni a la crisis ambiental. En ese contexto se hacía evidente que no iba a poder enfrentar los grandes desafíos que irían emergiendo a raíz de la pandemia.

Pero la idea de una declaratoria de emergencia educativa no significa atender de urgencia los vacíos conceptuales, físicos o tecnológicos que tiene el sistema, que ya conocíamos y que la crisis sanitaria expuso de manera impúdica. Tampoco se trata de salir corriendo a remediar entuertos ni a remendar un tejido educativo deshilachado. Y mucho menos, de reproducir vía virtual los obsoletos paradigmas de transmisión de información.

Una emergencia educativa, análoga a la sanitaria, implica saber, entender y aceptar que estamos frente a un sistema complejo y que todos nuestros bien intencionados esfuerzos pasados no han tenido ni tendrán los efectos necesarios. Lo que se requiere es buscar nuevas visiones, ideas refrescantes y herramientas innovadoras para acometer la tarea. Y al igual que con la de emergencia de salud, se requieren recursos humanos, económicos y tecnológicos para atenderla.

El primer paso es comprender. Y como siempre que busco entender, regresé a Seymour Papert. Como de costumbre, encontré ideas que provocaron bifurcaciones en mi proceso de pensamiento en un artículo suyo publicado en 1995: ¿Por qué la reforma educativa es imposible? (Why School Reform is Impossible).

La respuesta de Papert, como casi todas sus ideas es simple pero profunda y poderosa: "Porque el sistema educativo es complejo y los sistemas complejos no son hechos. Evolucionan".

Evolucionan. Esto quiere decir que no es posible intervenir un sistema complejo para reformarlo porque, por más cuidadosa y bien diseñada que esté la intervención, el sistema complejo se va a resistir hasta volverse inmune. Si bien las reformas e innovaciones se introducen con el objetivo de cambiar el sistema, al final el sistema cambia la reforma. Y, dice Papert, esto es muy diferente a solamente decir que el sistema se resiste o rechaza el cambio.

Significa que resiste el cambio de una manera muy particular: asimilándolo a sus propias estructuras. Al respecto, la distinguida pedagoga brasileña María Cándida Morales dice en su libro "Un nuevo paradigma educativo" que en educación estamos permanentemente "lloviendo sobre mojado". E, Inés Aguerrondo, argentina, en su artículo "Un nuevo paradigma para la educación del siglo XXI" advierte que las reformas educativas se esfuerzan por respetar el modelo clásico, introduciéndole nuevos elementos e innovaciones que, al no formar parte del modelo original, no tienen suficiente fuerza para transformarlo.

La misión de la declaratoria de una emergencia educativa es aceptar de una vez que es inútil continuar inoculando el sistema complejo con reformas e innovaciones. Es tan inútil hacerlo desde el ámbito político-organizacional, como desde el técnico-pedagógico, desde la administración o, incluso, desde las bases: el sistema ha alcanzado su equilibrio y no será transformado por intervenciones ajenas, sobre todo si están, como suele ocurrir, separadas, especializadas y desarticuladas.

El propósito es hacer que el sistema evolucione. Y de acuerdo con recientes hallazgos de las Ciencias de la Vida, esto significa que el sistema se autoorganiza. Por medio de ese proceso autoorganizador, el sistema mantiene su equilibrio y asimila las reformas e innovaciones sin llegar a transformarse, pero, paradoja maravillosa, desviaciones mínimas en el proceso pueden provocar cambios y alteraciones que van de lo significativo hasta lo dramático. Porque un sistema complejo, no lineal, resulta ser altamente sensible a bifurcaciones muy sutiles. Dado que en un sistema complejo todo está (positiva y negativamente) conectado con todo lo demás, una mínima influencia, en el lugar preciso, afecta a todo el organismo. El ejemplo clásico para ilustrar esto es el clima. Una pequeña variación, o una combinación de pequeñas variaciones, en la temperatura, en la velocidad del viento o en la presión del aire, pueden tener un impacto enorme.

En este momento de emergencia educativa y con visión prospectiva, debemos mirar al sistema orgánicamente y tratar de descubrir las relaciones más sensibles en las que se podría provocar un desequilibrio transformador. Para empezar, una sutil pero poderosa variación consistiría en replantearnos radicalmente las preguntas básicas sobre educación. En vez de seguir interrogándonos sobre la manera de "mejorar la calidad de", "aumentar la cobertura de" o "introducir una innovación a" para obtener los mediocres resultados de siempre, podríamos aproximarnos (como lo hace Papert) con preguntas retadoras sobre posibles cambios en las interrelaciones más susceptibles del sistema, que estimulen autoorganización y evolución hacia nuevos estados de equilibrio.

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