Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 19 Octubre, 2009


El fútbol, factor humano


Ajena e ignorante de los vaivenes del fútbol nacional e internacional, no he podido evitar —durante la última semana— enterarme de los resultados buenos y malos de dos de nuestras selecciones nacionales.
Como siempre —para mí— el deporte es algo lejano. Y por más que el fútbol sea parte de la realidad cotidiana de nuestro país, yo no lo vivo. El principal deporte de masas de los costarricenses, pasa a mi lado sin que yo lo perciba. Salvo cuando la proyección internacional del juego, me enfrenta con las portadas de los periódicos.
Todos —hasta los no fanáticos como yo— nos alegramos por la proeza de los jóvenes de la sub veinte que lograron lo que ninguna selección nacional ha alcanzado: llegar a cuartos de final en un campeonato mundial.
Todos —hasta los no fanáticos como yo— lamentamos que la selección mayor no haya logrado clasificar para el próximo Mundial de fútbol en Sudáfrica.
Y a propósito de Sudáfrica, acabo de terminar de leer un libro que recomiendo a los interesados en la historia política contemporánea, a los fanáticos de los deportes y su relación con la sociedad, o simplemente a quienes disfruten la lectura de una buena historia. “El factor humano” se titula en español, esta crónica de la transición política sudafricana desde Botha a Mandela.
En un relato magistral, John Carlin, periodista inglés, narra la vida de Nelson Mandela desde el momento en que es encarcelado en 1964 hasta que —ya como presidente de su país— entrega a Francois Piennar, capitán de la selección nacional de rugby de Sudáfrica, el trofeo de la Copa del Mundo de 1995 que se celebró en ese país africano.
Si durante años, la población negra mayoritaria de Sudáfrica, boicoteó mundialmente a los Springboks —el equipo nacional de rugby—, Nelson Mandela, el máximo líder negro del continente africano, decidió utilizar el deporte más popular y significativo de los afrikaners, para unir a su país. Y lo logró.
El 24 de junio de 1995 contra todo pronóstico, los Sprinboks les ganaron a los favoritos y muchas veces campeones, los All Blacks de Nueva Zelanda. Un equipo formado fundamentalmente por afrikaners, unos pocos sudafricanos de origen inglés y un mestizo en un país que acababa de renacer, cantó por primera vez —además del himno tradicional de los blancos, Die Stem en afrikans— la canción más significativa para la población negra, el Nkosi Sikelele en lengua xhosa.
Los negros sudafricanos —aficionados al fútbol— siempre odiaron al rugby. Mucho le costó a Mandela convencer a la mayoría de los dirigentes del Congreso Nacional Africano para que apoyaran a los Springboks. Sin embargo lo logró y todos —negros y blancos— celebraron su triunfo.
La transición que vivió Sudáfrica desde el horror del apartheid hasta el hecho prácticamente increíble de tener un presidente negro fue sumamente difícil. Sin la voluntad política de muchos sectores de la sociedad sudafricana y sin el poderoso liderazgo de Nelson Mandela, el país hubiera terminado en una guerra civil más terrorífica que la de Bosnia.
Y entre todos los elementos que jugaron un papel fundamental para la unidad de Sudáfrica, los Springboks jugaron un papel fundamental. Su triunfo en la Copa del Mundo de rugby en 1995 se convirtió en la metáfora del fin del apartheid.

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