Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 6 Febrero, 2012


El costo, el precio… el valor

Vivimos en una economía de mercado y por lo tanto todo producto o servicio tiene su precio. Los productos tienen un costo monetario en materiales y mano de obra y un precio que es el costo más el beneficio económico que se desea o se puede obtener. El valor es relativo y depende más de necesidades sicológicas que de aspectos objetivos.
En el caso de los servicios profesionales a veces hay costos de materiales y a eso se suma el precio de la hora del experto. Los colegios profesionales en nuestro país determinan cuánto cuesta una hora de trabajo de un médico, un sicólogo, un siquiatra, un abogado, un dentista… Si alguno de estos profesionales decide hacer una labor comunitaria y cobrar por debajo de lo estipulado por el organismo que los rige, son acusados de competencia desleal y hasta denunciados por sus colegas. Si cobran de más… ¡salado el que paga!
Quienes ofrecen servicios técnicos como mecánicos, plomeros, electricistas, no tienen una tabla de precios estipulada por una organización, sino que su precio responde a la oferta y la demanda, a la costumbre del mercado. Uno elige y claro, si lo estafan, no hay colegio ante el cual elevar la queja.

Existen profesionales que no solo no están agrupados bajo ningún colegio: al no ser tan solicitados laboralmente, el mercado no establece un precio monetario a su hora profesional. ¿Cuánto cuesta la hora de un intérprete musical? ¿La de una bailarina? ¿La de un actor? ¿La de un escritor en cualquier área literaria?
Los artistas plásticos, por lo menos, tienen una obra tangible, costos de materiales y un precio en el mercado de acuerdo con el valor de su nombre.
¿Pero lo impalpable, lo efímero, el talento? ¿Cuál es el costo del tiempo de ensayos de un espectáculo? ¿Cuánto valen los años de experiencia? ¿Qué precio se les puede poner a estas líneas que escribo?
Paso horas, días y noches, concentrada, exprimiéndome el cerebro, tratando de encontrar soluciones a problemas artísticos, buscando un lenguaje, sumergiéndome en las características de un personaje, intentando mejorar una estructura, perfeccionando diálogos, empeñada en que la lógica no traicione al relato o a sus personajes.
Escribo a pesar de los pesares que son muchos. Demasiados: el precio de mercado de la hora laboral de un escritor no está estipulado; es muy difícil tener ingresos dignos; no siempre siento que mi experiencia, conocimiento y oficio son reconocidos.
Escribo por las recompensas que son pocas pero satisfactorias. Muy satisfactorias: comunicarme con tantas personas, la mayor parte de las cuales no conozco; que algunos se sientan identificados con los valores, las situaciones, las emociones que intento transmitir; que a muchos esa identificación les sirva para procesar sus propias historias.
El costo de escribir es muy alto. A veces me fundo. El precio es relativo. Pocas veces cobro lo que vale mi trabajo. Pero el valor que yo le otorgo a mi oficio es lo que me permite vivir.

Claudia Barrionuevo
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