El coliseo amenazado
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El coliseo amenazado

 

Marcia Fallas y Elizabeth Murillo, una del Departamento de Restauración del Teatro Nacional (TN) y la otra del INA, se dedican al arte textilero, entre el que destaca hacer cortinas, no cualesquiera; sino artísticas. Ninguna imaginó que su oficio las llevaría a España a especializarse como las mejores en Costa Rica en el arte “cortinero” para servir a la más importante casa de la cultura del país, el emblemático y amenazado Teatro Nacional.

Arañar paredes es lo que se ha requerido para salvar al Teatro de su inminente ruina: una estructura afectada por los terremotos, una cúpula agujereada, un escenario sin adecuación tecnológica y un problema humanitario de accesibilidad universal para discapacitados, entre otros; han sido superados a través de más de un siglo, gracias a los aportes y gestión del propio Teatro, y a las donaciones de algunos gobiernos como los de Alemania y España. 

Desde su inauguración, el 21 de octubre de 1897, la cúpula presentó filtraciones de agua, 117 años de “refrescar” el escenario, fragilizándolo peligrosamente desde su inicio.

El antiguo piso de madera soportaba un peso máximo, por metro cuadrado, de 200 kilogramos y solo el piano que lo ocupaba pesó 600.

 

ARAÑANDO PAREDES

A finales del siglo XIX, el país carece de un teatro para espectáculos de altura. La falta se acentuó cuando la diva Adelina Patti rechazó presentarse en Costa Rica. El desprecio abre el “hambre” del pueblo en construir una “joya” digna de cualquier figura o espectáculo de renombre.

Son los acaudalados cafetaleros quienes solicitan al Gobierno del Presidente Rodríguez la creación de un impuesto para financiar la construcción en 1890.

El financiamiento de la monumental obra empezó a desmoronarse cuando los ricos cafetaleros resienten el impuesto del grano.

En 1893, el Presidente cede ante las presiones, deroga el impuesto al café.

Obstinado, con admirable habilidad y liderazgo políticos, el mandatario logra trasladar el costo de la construcción, mediante un impuesto general a la importación. Así, los ticos de la época ¡pagaron por la obra!

Sobresalen humildes albañiles costarricenses, quienes lograron, lo que en 1890 era solo un sueño, colgar la gigantesca lámpara de cristal y contribuir con una armoniosa mezcla de estilo Pompeya, barroco y rococó. Las columnas son de mármol de Carrara (Italia), el mismo que usó Miguel Ángel para esculpir el David.

Al atardecer del jueves 21 de octubre de 1897, sobresalía, entre las casas de adobe y los caminos de polvo josefinos, una exquisita obra de corte barroco neoclásico. El San José de entonces se ve “coronado” por la imponente cúpula roja metálica; como en París, aquella del Museo de la Armada en donde reposan los restos de Napoleón, nuestro país tiene la suya, no cubriendo el panteón de un “conquistador”, sino fungiendo como aura del arte bajo aquel estelar de estrellas. 

El Abraham Lincoln tico

Valiente, el presidente Iglesias camina desde su casa hasta el Teatro. En las afueras, una multitud lo recibe con apoteósicos aplausos, bajo una estela cósmica que ilumina la capital.

Esa noche, el Presidente había sido amenazado de muerte en al acto público y aún así, rehusó desafiante, utilizar el auto presidencial.

A pesar de la amenaza de una cúpula “agujereada”, el peligro inminente del derrumbe de un piso escénico en media inauguración, y de un crimen político; se ven enrojecidas las palmas por los imparables aplausos, cuando luego de los himnos, nacional y francés, bajó el telón de entreactos, solo para levantarse nuevamente  y dar principio a la Opera Fausto de Gounod. La inauguración comenzaba.

 

 

Editores jefes: Carmen Juncos y Ricardo Sossa / [email protected][email protected]


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