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Viernes, 16 de noviembre de 2018



FORO DE LECTORES


El cautiverio de la masculinidad

| Jueves 02 julio, 2015


El cautiverio de la masculinidad

A veces las demandas del patriarcado nos vuelven ciegos contra nosotros mismos. El tema de la igualdad entre hombres y mujeres ya tiene varios años de estar en discusión y cada día son más las mujeres que se interesan por defender sus derechos, por vivir sin etiquetas o estereotipos y poder ser ellas mismas las protagonistas de sus vidas sin miedos a los mandatos sociales… Mientras nosotras seguimos en esta lucha cabe preguntarnos: ¿Dónde están los hombres?
Las demandas patriarcales son igual de fuertes y destructivas para ambos géneros, por ejemplo, la sociedad les enseña a los hombres desde pequeños frases como “los niños no lloran”, “tener sentimientos es de maricones”, “ser hombre es ser fuerte, violento y destructivo”.
De este modo, según Calvo “hacerse hombre consiste en enmascararse” y estas máscaras se reparten entre el deber ser héroe, patriarca o monstruo. Está claro que, en la sociedad, mujeres y hombres tenemos mandatos muy distintos y que las mujeres hemos llevado la peor parte en términos de desigualdad, violencia y exclusión; pero, ¿cómo han influido esos mandatos en la vida de los hombres?
Aquí podríamos señalar desde temas tan básicos pero importantes como la salud, por ejemplo son pocos los hombres que se realizan exámenes físicos por chequeo, suelen ir hasta que ya las molestias se vuelven perjudiciales y no hay vuelta atrás, esto debido a que un mandato es “a los hombres no les duele nada o no se enferman”. Lo cierto es que este tipo de pensamientos ha llevado a mucho descubrirse un cáncer de próstata o de mamas cuando ya es demasiado tarde.
Desde la salud también se encuentra el tema de que los “hombres no deben protegerse sexualmente”, lo que tiene a muchos constantemente de la cuerda floja de ir a la cárcel por pensión alimentaria o con enfermedades de trasmisión sexual.
La imagen de ser hombre es igual a “rápido y furioso” tampoco ha traído buenas consecuencias, según Informe del Poder Judicial sobre Muerte Accidentales para el año 2013, el 84% de los fallecidos eran hombres y las dos principales causas fueron accidentes de tránsito y asfixia por sumersión, esta última de particular relevancia entre hombres menores de 18 años.
Según informe del Poder Judicial sobre Homicidios Dolosos, para el año 2012, 50 mujeres murieron asesinadas a manos de sus parejas o exparejas, mientras que solo dos hombres murieron en esas condiciones. Frente a situaciones como estas me suelo preguntar: ¿Qué significa el amor para los hombres? ¿Por qué piensan que amar es subordinar? ¿Cómo logran destruir lo que más aman? Realizo estas interrogantes sin generalizar a todos los hombres, pero incluyendo a todos aquellos que poco a poco y con los detalles más sutiles, destruyen y minimizan la identidad de las mujeres.
En la actualidad hay más hombres abandonando sus estudios, que son más propensos a la ingesta de sustancias como drogas y alcohol, a la delincuencia y a la violencia de las calles, ya que socialmente se ha enseñado que parte del ser hombre adolescente es criarse fuera del hogar. Un último ejemplo de esto es la ola de violencia que se ha desatado en los últimos meses por las bandas del narcotráfico, donde son muchos los muertos (hombres en su mayoría) que refleja entre los factores más importantes de esta problemática, la necesidad del poder por medio de la violencia.
Entonces, cabe preguntarse: ¿Qué significa ser hombre en Costa Rica? Y ¿por qué es tan difícil eliminar modelos masculinos dañinos para la sociedad y para ellos mismos?
Marcela Lagarde construye la categoría de cautiverio para referirse a la condición de vida de las mujeres como una opresión frente a los modelos establecidos por la cultura, es decir, que “el cautiverio caracteriza a las mujeres por su subordinación al poder, su dependencia vital, el gobierno y la ocupación de sus vidas por las instituciones y los particulares (los otros), y por la obligación de cumplir con el deber femenino de su propio grupo de adscripción, concretado en vidas estereotipadas, sin alternativas”.
Desde ésta lógica, ¿cuál es la diferencia entre una máscara y un cautiverio? ¿No es acaso que el hombre se encuentra también cautivo de sus máscaras?, y frente a este cuestionamiento seguramente alguien dirá que se debe al poder, pero ¿no es acaso el poder en sí mismo un cautiverio?
Si el desarrollo humano se basa en que todos logremos potencializar nuestras capacidades tanto fuera como dentro del hogar, por medio de la razón y las emociones, para ser mejores personas sin importar nuestro sexo y si los estudios de género nos dan herramientas para impulsar cambios importantes a favor de grupos que sufren desigualdad, en ese sentido, me parece que desde los discursos feministas debemos priorizar opciones de nuevos modelos de vida además de enfocar la crítica en los ya existentes. Ya sabemos el problema, ¿cómo hacemos el cambio hombres y mujeres?
Como estudiante de psicología me pregunto, ¿cuál trabajo estoy realizando para generar nuevos modelos de identidad donde hombres y mujeres, reconociendo los mandatos, máscaras o cautiverios que nos han impuesto, logremos identificarnos como iguales a partir de la diferencia?
Independientemente de la identidad propia de cada individuo y como quiera representarse simbólicamente en la sociedad, es deber del Estado garantizar la protección y los recursos para generar las herramientas necesarias frente a un cambio, pues es el Estado a través de sus instituciones sociales, el verdadero gran cautiverio opresor.
 

Jimena Caballero