Estamos cerrando otro año y, como suele pasar en Costa Rica y en muchas partes del mundo, vuelve la misma pregunta: ¿qué sigue? No solo a nivel personal, sino como país, como empresas y como sociedad.
Venimos de años intensos y acelerados, marcados por cambios tecnológicos, económicos y sociales que ya no se sienten de forma abstracta, sino muy concreta: en cómo trabajamos, cómo producimos, cómo competimos y cómo tomamos decisiones.
La conversación sobre inteligencia artificial y su aplicación a nuevas tecnologías ya está aquí. No es lejana ni exclusiva de las grandes economías. Está presente en las empresas locales, en las pymes, en los servicios profesionales, en el sector financiero y, cada vez más, en el sector público. Frente a ese escenario, es natural que surjan dudas, resistencias e incluso temor.
Pero quizás este momento no nos pide tomar bandos, sino construir puentes.
En esta nueva etapa, lo que realmente marcará la diferencia en cómo nos relacionamos con la inteligencia artificial no será la tecnología en sí, sino aquello que hemos relegado por considerarlo "básico": el pensamiento crítico. El criterio nace de reconocer nuestras particularidades como país: una economía sostenida por el talento humano, una cultura que valora lo colectivo y un marco institucional que, con todas sus imperfecciones, busca equilibrio.
Hay una paradoja difícil de ignorar. Hemos logrado decodificar sistemas cada vez más complejos, pero seguimos sin comprender del todo la forma en que nos organizamos, decidimos y convivimos. El verdadero desafío no es técnico, sino humano y estructural. Está en aprender a alinear tecnología, estrategia, personas y reglas claras para que el avance no sea solo rápido, sino sostenible.
Aprender a hacerlos convivir no empieza con herramientas ni con prohibiciones, sino con decisiones. Decisiones sobre qué automatizamos y qué protegemos, qué medimos y qué priorizamos, qué dejamos en manos de la tecnología y qué seguimos sosteniendo desde lo humano. Ese ejercicio, aunque incómodo, es el verdadero punto de partida.
Hablar de sostenibilidad tecnológica no es limitarse a la salud mental o a la adaptación individual, es hablar de impacto económico, de empleo, de inclusión y de productividad, pero también de cómo se genera ese progreso, qué costos invisibles arrastra y qué responsabilidades deja pendientes. En ese sentido, es una conversación cultural y social, tanto como técnica.
El liderazgo que viene, especialmente en contextos como el nuestro, no se construye desde la confrontación, sino desde la coherencia. No desde el rechazo al cambio, sino desde la capacidad de adaptarlo con criterio a nuestra realidad.
El 2026 va a exigir algo distinto: menos improvisación y más estructura; menos discurso y más decisiones sostenibles en el tiempo; empresas y líderes capaces de innovar sin perder humanidad, y de crecer sin sacrificar cohesión social y planeta.
Al final, no se trata de elegir entre tecnología o valores, se trata de aprender, de una vez por todas, a hacerlos convivir.





































