Tras un siglo y medio de hegemonía del mundo anglosajón en todo el planeta, el gran debate de la geopolítica actual tiene que ver con el auge imparable de China como superpotencia capaz de competir con los Estados Unidos. En ocasiones se habla de China como la líder de las “potencias emergentes”, y posiblemente sea eso lo que más inquieta al mundo anglosajón, el hecho de que otros países con un tamaño importante tengan la firme determinación de acabar con el sometimiento a la gran superpotencia que ha dominado el mundo en las últimas décadas. Lo cierto es que China siempre ha sido una potencia, no es un fenómeno que “emerge” desde la nada, pues primero que otra cosa es una “civilización” con varios milenios a sus espaldas. Tecnologías fundamentales para la historia humana en todas las áreas son obra de China, desde la hidráulica hasta la náutica, pasando por la metalurgia, las matemáticas, la mecánica, la ingeniería, la relojería, la agricultura, la astronomía, la música, la artesanía e incluso la guerra. No es extraño por ello que inventos tan relevantes como el papel, la imprenta, la pólvora y la brújula lleven la patente de China.
Pero el declive de China que llevó a buena parte de su población a la pobreza a mediados del siglo XX tiene un origen muy bien determinado en la cronología histórica, y ello tuvo que ver con el auge de las potencias coloniales europeas a partir del siglo XVIII, y muy especialmente con el auge del Imperio Británico y la expansión del “libre mercado” en todo el mundo. Dentro de aquel contexto geopolítico marcado por el colonialismo, los británicos consiguieron desestabilizar por completo a toda una nación milenaria cuando en el siglo XIX introdujeron el comercio del opio en China, con el objetivo de compensar su déficit comercial respecto a productos muy apreciados en Europa, seda y porcelana chinas especialmente. A mediados de aquel siglo, dos Guerras del Opio de británicos y franceses contra China hicieron entrar al país asiático en una larga crisis social y económica. La propia historiografía china califica ese período como el “Siglo de la Humillación”, el cual cubre el espacio desde el año 1839 -el inicio de la Primera Guerra del Opio-, hasta el año 1949 -el triunfo de la Revolución Comunista China-.
Mujer china de etnia han, vestida con un traje tradicional en un parque de Pekín. Foto Sergi Lara
Desde entonces, la segunda mitad del siglo XX significó para China recomponer su estructura social con otro modelo, que al mismo tiempo sirvió para crear sólidas bases de desarrollo industrial moderno. La gran lección aprendida por China respecto a su relación con las potencias europeas primero, y con los Estados Unidos después, es que no se iba a quedar pasiva nunca más frente al devenir de los acontecimientos. El consumo de opio y el “libre mercado” en el siglo XIX causaron un enorme daño a una nación milenaria, pero hoy las mismas cuestiones, droga y comercio, se han convertido en un bumerán para los países occidentales. Asimismo, la formación de miles de ingenieros chinos en las mejores universidades de Occidente ha permitido captar el conocimiento que les faltaba para recuperar su condición de gran centro tecnológico mundial. Con este último dato se completa la ecuación del modelo chino actual, basado en desarrollo social sin perder sus tradiciones milenarias, en aplicación de alta tecnología y en construcción masiva de grandes infraestructuras. Por si fuera poco, y a diferencia del modelo colonial europeo de los siglos XIX y XX, China coopera en Asia, África y Latinoamérica para contribuir a su desarrollo a través de la construcción de infraestructuras y el intercambio comercial de igual a igual.
El último reto chino en clave interna posiblemente sea crear mejores condiciones para el turismo de visitantes extranjeros en todos los territorios de un país excepcional. Un país que guarda uno de los mejores patrimonios naturales y culturales del mundo. En este sentido, muchos divulgadores y profesionales del turismo como el autor de este artículo, tenemos un enorme interés en seguir conociendo todo ese patrimonio incomparable que se extiende desde la mayor cordillera por altitud -el Himalaya-, hasta los desiertos más inhóspitos y las selvas más profundas. La China milenaria y del siglo XXI ofrece una combinación única, con la vista puesta en un nuevo período de esplendor para este país.
Noche mágica en el centro urbano de Shanghái bajo sus mayores rascacielos, símbolo del poder económico y tecnológico de la China del siglo XXI. Foto Sergi Lara





































