Cada año, exactamente a mitad de año, como en la antigüedad los aztecas en la época de lluvia se dedicaban a sembrar y en la época seca se dedicaban a la guerra, aquí se da la paradoja de que la discusión sobre el Fondo Especial para la Educación Superior (FEES) acapara titulares y enciende el debate nacional (un pulso sin razón, una guerra mediática) entre junio y julio época de lluvias, época de sembrar y abonar la educación superior. El reducir esta negociación a un forcejeo entre el gobierno de turno y las universidades es un error de perspectiva. El FEES no es un gasto contingente ni un privilegio sectorial; es el pilar financiero de nuestro pacto social, un mandato constitucional grabado en piedra que define el modelo de desarrollo que Costa Rica optó hace décadas y que hoy nos posiciona como referente en la OCDE. En sus artículos 84 y 85, nuestra propia Constitución Política es categórica. No habla de posibilidades, sino de obligaciones. Ordena al Estado no solo "financiar y mantener" a sus universidades, sino que blinda ese presupuesto con una cláusula de ajuste por inflación, asegurando que su valor real no se erosione con el tiempo. Esta no es política; es la arquitectura de una nación que apostó por la educación como su principal herramienta de equidad y progreso. Estos fondos cuya distribución interna es gestionada con criterio técnico por el Consejo Nacional de Rectores (CONARE), materializan la autonomía universitaria, permitiendo una planificación a largo plazo inmune a los vaivenes políticos del momento. Para entender la magnitud de esta inversión, imaginemos su distribución. Imaginemos que observamos un gráfico de barras del FEES podemos ver claramente el ecosistema. Se alzaría dominante la barra de la Universidad de Costa Rica (UCR), que acaparó cerca de un 58% de los fondos, reflejo de su tamaño, complejidad y legado histórico. La barra de la Universidad Nacional (UNA) representa su lado un sólido 23%, combinado como pilar en humanidades y formación docente. Más abajo, pero igualmente cruciales, aparecerían las barras del Tecnológico de Costa Rica (TEC) con un 11.5%, la Universidad Estatal a Distancia (UNED) con un 6.3%, y la Universidad Técnica Nacional (UTN) con un 1.2%, cada una cumpliendo un rol estratégico en la diversificación y alcance de la oferta académica. Este gráfico imaginario de barras muestra, sino también la anatomía de un sistema que responde a las diversas necesidades del país. no solamente la renta básica. Ahora bien; este torrente financiero no opera en vacío a la libre; irriga un ecosistema humano vibrante como futuro reemplazo del conocimiento costarricense. La tendencia sería inequívoca sí trazáramos la matrícula total de estas cinco universidades un gráfico de línea durante el último quinquenio. De unos 126,000 estudiantes en 2020, la línea ha escalado año hasta superar la impresionante cifra de 131,000 jóvenes en la actualidad. Este crecimiento sostenido no es casualidad; es la prueba fehaciente que las universidades públicas son el principal motor de oportunidades para una sociedad que demanda, cada vez más, capital humano avanzado. Aquí es donde se debería sentar el debate en el rendimiento de esta inversión, superando la media de 600 mil millones. ¿Es el FEES un gasto? No, es la inversión más rentable que el Estado Costarricense tiene. De las aulas del TEC y la UCR egresan los ingenieros y científicos que hoy sostienen el clúster de dispositivos médicos nuestro principal producto de exportación. De las facultades de salud de la UCR, los profesionales que nutren a la CCSS joya de nuestra seguridad social. De la UNA y de la UNED salen los educadores que forman las futuras generaciones. Institutos de excelencia mundial como el Clodomiro Picado o el LANAMME no son académicos; son activos estratégicos que le genera valor directo país. Y en esta misión de cohesión territorial ninguna institución es tan emblemática como Universidad Estatal a Distancia (UNED). Su modelo educativo es, en esencia, una herramienta de democracia real del conocimiento y un ariete contra la concentración de la pobreza GAM. La UNED no espera que el estudiante llegue a la universidad; la universidad llega hasta el último rincón del país a través de su red capilar a lo largo y ancho del país más de 40 centros universitarios. Un joven en Talamanca, una madre trabajadora en Los Chiles o un agricultor en Coto Brus tienen accesos a programas universitarios de calidad sin abandonar sus comunidades, sus trabajos o sus familias. Al romper las barreras geográficas y de tiempo la UNED permite que el talento local forma y se quede, generando desarrollo endógeno y evitando la fuga de capital humano hacia el centro país. Es la política pública más eficaz para garantizar el desarrollo territorial refleje la realidad nacional y no se beneficie únicamente la GAM. Operando un robusto sistema de becas que cobija a más del 60% en promedio de los estudiantes de las cinco universidades, en el caso de la UNED es superior al 85%, junto a este modelo único y la expansión de sedes regionales de las otras universidades. Este no es un Sistema cualquiera cubre en promedio el 60% de apoyo a los estudiantes de sus universidades. Hablamos de una transferencia directa desde la matrícula hasta apoyos para alimentación, transporte y materiales, así protegiendo no solo el acceso, sino la permanencia de los estudiantes con mayor vulnerabilidad. El caso de la UNED es aún más consciente de su vocación social: esta institución destina aproximadamente el 35% de los fondos que recibe del FEES a su programa de Becas, un porcentaje notablemente superior que subraya su compromiso con las poblaciones que concede derechos mayores a las barreras económicas de estas personas, futuro del Costa Rica. Consolida a la educación superior pública como el más poderoso instrumento contra la desigualdad Costa Rica esta masiva inversión social. ¿Son justificados los salarios del personal académico? surge entonces la pregunta inevitable, a menudo cargada de polémica. De responder, debemos mirar más allá de nuestras fronteras y situarnos en el contexto de la OCDE, el club de las buenas prácticas al que con tanto esfuerzo ingresamos. La estructura salarial universitaria en Costa Rica es compleja, competente por un salario base más incentivos por mérito académico y dedicación exclusiva. Comparando el ingreso anual de un profesor catedrático con doctorado y máxima dedicación con los estándares internacionales, los salarios del tope de la carrera en Costa Rica en promedio de las cinco universidades están por debajo del promedio de la OCDE. Esta competitividad salarial (que tanto atacan) es política estratégica de retención de talento. ¿Podría Costa Rica, como miembro de la OCDE, aspirar a la innovación y a la excelencia académica pagando salarios que incentiven una constante "fuga de cerebros"? La respuesta es rotunda no. Para competir en la economía del conocimiento global, necesitamos atraer y mantener a los mejores y eso implica ofrecer condiciones que les permiten dedicarse por completo la investigación, la docencia y la acción social que tanto beneficia al país. En general, el FEES es mucho más que una línea en el presupuesto de la República. Es el combustible del motor que ha impulsado el desarrollo, la estabilidad y la movilidad social de Costa Rica. Defenderlo, fortalecerlo y gestionarlo con la máxima no es una tarea exclusiva de los rectores; es responsabilidad de toda la sociedad que aspira un futuro próspero, equitativo e innovador.
Como moraleja, recordemos que muchos que atacan el FEES olvidaron que salieron de una universidad pública y les permitió su movilidad social y económica, ¿por qué entonces atacan al sistema que les ayudó?





































