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El año del Brasil deseado

Verónica Goyzueta, y Carlos Vasconcellos
América Economía

Brasil se va a desarrollar. Si 2008 es como 2007. Si 2009 es como 2007. Y si 2010, también. En este caso la economía más grande de la región irá en camino de ser la economía más grande “desarrollada” de la región.
No porque en 2007 haya descubierto petróleo. Ni porque haya sido el momento de la explosión de los biocombustibles, sino porque ha sido el año del redescubrimiento de los brasileños de la confianza en sí mismos. Y, por consiguiente, el mundo empezó a confiar en Brasil.
Retrospectivamente, lo sucedido tiene un toque de asombro. Bastaron 12 meses
para que la percepción de la economía brasileña en el escenario internacional diera un vuelco del agua al aceite.
Si al entrar en 2007 Brasil aparecía al final de la fila del crecimiento económico de América Latina, al frente apenas de Haití, y parecía ser el patito feo de los BRIC (las grandes economías emergentes: Brasil, Rusia, India y China), en la entrada de 2008 el país vive un optimismo que pasó –señal de madurez– de la euforia a la moderación luego de la primera quincena de enero, gracias a la incertidumbre en el mercado estadounidense.
Los empresarios ven mucha luz en el futuro. Según una encuesta de la Asociación Brasileña de Compañías Abiertas (Abrasca), entidad que reúne a las empresas responsables por el 80% del valor de mercado listado en la Bolsa de São Paulo, Bovespa, y que ya considera la crisis estadounidense, 82% están optimistas con la economía brasileña, principalmente por el buen desempeño de la demanda interna. El resultado, sin embargo, es un poco inferior al 86% del semestre anterior.
“La encuesta indica optimismo: la expectativa de crecimiento de la economía y del nivel de empleo sigue alta”, dice Antonio Castro, presidente de Abrasca.
De hecho, los encuestados apuestan a una variación del PIB en torno al 4,5% a 5%, lo cual es muy bueno para el historial brasileño. Y las inversiones siguen al alza, lo que es un indicador de largo plazo, con una Bovespa que mantiene la expectativa de llegar a los 65 mil a 70 mil puntos para fin de año.
La fuerte expansión de las multis brasileñas explica ese buen ánimo. Vale ya es la segunda minera del mundo; la siderúrgica Gerdau continuó su crecimiento internacional comprando Chaparral en Estados Unidos; Embraer batió récord de ventas con su nueva línea de aviones ejec
utivos, y el frigorífico JBS Friboi pasó a ser el mayor productor mundial de carnes al comprar la estadounidense Swift.
Y ni hablar de los bancos. Bradesco e Itaú ya lideran en las Américas, llegando cerca de íconos del capitalismo como JPMorgan Chase, Citigroup y Goldman Sachs.
¿Y Petrobras? Después del éxito en aguas profundas, etanol y biocombustibles, la estatal anunció grandes reservas de petróleo y gas en Santos, haciendo que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva hasta soñase con la entrada en la OPEP.
Entonces, con tan buenas noticias, ¿no llegó finalmente la hora de Brasil? Muchos especialistas creen que sí, que el país tiene grandes chances de volver realidad el desgastado lema de País del Futuro.
“Pero mientras Brasil realmente no aumente su tasa de ahorro y no tenga un stock de capital humano realmente mayor, no sé si tendrá un crecimiento elevado sustentable, en un nivel de 6% a 7 %”, dice Claudio Haddad, director presidente de la escuela de negocios Ibmec São Paulo.
“La economía mundial está en crecimiento y no hay un contagio tan amplio”, dice Roberto Padovani, estratega de inversines senior para América Latina del banco alemán WestLB. Pero también cree que Brasil vive un momento crucial para evaluar los efectos de la desaceleración de Estados Unidos.
Éste, a propósito, es otro punto de consenso, pues la mayoría de los especialistas considera que es hora de poner a prueba el blindaje de la economía brasileña. Lisa Schineller, directora de Riesgo Soberano de la agencia Standard & Poor’s en Nueva York, cree que Brasil está más preparado para enfrentar turbulencias externas que hace cinco o diez años.
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