Dubitación política: mal camino
Pienso que lo peor es cuando un político se convierte en una calamidad
Pienso que lo peor es cuando un político se convierte en una calamidad
La “factura” más alta, más cara, que un político puede recibir en su accionar se desprende de las dudas que manifieste al momento de tomar decisiones o de la solidez de las mismas. De igual forma su mayor fortaleza se refleja o percibe cuando sus decisiones son meditadas, oportunas y acertadas. Lo que no significa que no pueda modificarlas o ajustarlas al momento de las obvias negociaciones que se deben dar en la política, pues como bien decía Confucio “gobernar es rectificar”, pero no a cada instante, esto es dubitación y ella produce ingobernabilidad.
La política es la lucha por el poder y por eso obliga a la negociación, quien así no la entiende poco logrará en este mundo de lo posible. La mayor virtud que tuvo Maquiavelo, muy desconocido por la mayoría de quienes lo nombran y lo traen a referencia, el gran maestro de la “real politik”, fue que añadió la experiencia práctica al campo de la teoría política; esos conocimientos teóricos extraídos de los libros, de la academia, que de poco sirven si no se saben interpretar e implementar.
Estoy convencido de que el mayor defecto que puede tener un político es generar confusión, falta de confianza e inseguridad, todo ello es producto de ser dubitativo, temeroso. Sus gobiernos serán los peor evaluados aunque hagan lo imposible por una percepción diferente. Las aguas de la política obligan a la prudencia, que es diferente a la inercia, puesto que obliga a abandonar la indecisión.
Los mayores problemas del expresidente Abel Pacheco y de la actual presidente Laura Chinchilla, se circunscriben a sus estilos dubitativos al momento de tomar decisiones y por sus equipos de gobierno. Reconocidos por la facilidad con que ponen “reversa” a decisiones que debieron ser meditadas al momento de tomarlas y que obligan a un plan A, B, C y hasta D al implementarlas; esto les pasó una cara factura a sus gestiones gubernamentales.
“Un buen político nunca debe negociar por temor, pero mucho menos tener temor a negociar”, afirmaba J.F. Kennedy. El arte de la política y la fortaleza de un líder están en la negociación. Ciertamente las buenas intenciones y una buena retórica son fundamentales en el buen político, pero no pueden estar supeditadas a la debilidad en sus decisiones, que son la referencia primaria para quienes creen en su guía y en su liderazgo. El líder es sincero y franco, sin ser ofensivo, pero claro en sus objetivos.
Un buen político debe estar preparado para defender sus posiciones y decisiones en cualquier escenario, sobre todo ante la presencia de su gente, de lo contrario difícilmente podrá mantener apoyos y lograr que sus ideas e iniciativas tengan éxito. No existen las escuelas para hacer presidentes, así que una de las tareas fundamentas de un líder es conformar un equipo de trabajo, algo esencial, a sabiendas de que en ocasiones deberá trabajar y batallar con gente que no le gusta y que no escogió.
El líder exitoso cuenta siempre con consejeros francos y confiables, que no le engañan alimentando su vanidad, además siempre está dispuesto a reconocer un error para abordar los momentos de crisis. Todos cometemos errores, por eso es oportuno recordar a W. Churchill cuando dijo: “Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”, pero pienso que lo peor es cuando un político se convierte en una calamidad.
Claudio Alpízar Otoya
Politólogo