Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Miércoles 15 Octubre, 2014

Durante estos años he ido aprendiendo el valor extraordinario del amor


Diez años de aprender

Hace diez años en la madrugada me despedí en Washington de mi hijo Andrés, su esposa Vanessa y mis nietos. Lorena estaba en Houston acompañando a nuestra hija Ana Elena, que se recuperaba de una operación en su rodilla de futbolista. Venía a Costa Rica a enfrentar un mundo desconocido: el del perseguido penal.
Mucho tiempo ha pasado. Hoy Ana Elena está felizmente casada con tres hijitos que nos han llenado de felicidad. El hijo mayor de Andrés está en tercer año de la universidad, el segundo prepara solicitudes para ingresar a ese nivel educativo y la menor —que me despidió de cuatro años ese día— es una bella adolescente.


Habían sido necesarios 64 años de intenso estudio y acción para llegar al puesto internacional más alto alcanzado por centroamericano alguno. Y en solo 15 días tomé la libre decisión de renunciar y volver a Costa Rica, pensando en el bien de mi familia, mi país, la OEA y el propio.
Ahora iba a encontrar un nuevo destino.
Sabía que iba a ser duro. Mi abogado, al que recién había conocido por teléfono, me había indicado que —ante su aviso de mi llegada y solicitud de ser recibido para rendir declaración— el Fiscal General le había dicho que se me apresaría en el aeropuerto. Yo suponía que eso significaría un “show”, aunque no pude jamás imaginar la magnitud del circo de oprobio y condena que me esperaba.
Las recurrentes violaciones a mis derechos humanos sufridas durante esta década son conocidas y constan algunas en mi libro “Di la Cara” de hace ocho años, en informes de la Inspección Judicial y en sentencias de la Sala Constitucional y de tribunales penales visibles en www.juiciojusto.com.
Pero han sido también años de un profundo aprendizaje, que quizá nunca habría interiorizado de no enfrentar esta tribulación.
Mi confianza en los jueces de mi país se ha visto recompensada. El proceso judicial al llegar a ellos y permitir un estudio verdadero de los hechos, ha ido reafirmando mi inocencia. El proceso sufrido ha sido largo y doloroso, pero con perseverancia y al amparo del estado de derecho se ha podido ir esclareciendo la verdad. Tristemente algunas personas, por el encono o el morbo que les infundieron algunos medios, políticos y fiscales, no han dejado de condenarme.
Durante estos años he ido aprendiendo el valor extraordinario del amor.
El amor de mi familia. De Lorena, de mis hijos y nietos, de mis hermanos y primos. Un amor indoblegable, que en vez de juzgar, quejarse y odiar a los perseguidores, busca la paz, el perdón, la bondad.
El amor de los amigos leales que nunca dieron la espalda, y la necesidad de excusar a quienes prefirieron desaparecer.
El amor de los cientos de desconocidos que me escribieron para darme aliento en la cárcel o en prisión domiciliaria, para enviarme el testimonio de su oración y sus bendiciones.
El amor de las personas que todavía ahora, diez años después, se me acercan en la calle, en el estadio, en una universidad para expresarme su solidaridad por las tribulaciones sufridas.
Sobre todo el amor de Dios, que me ayudó a saber vivir en el calabozo, a aceptar mi denigración social, a ser feliz en medio del oprobio para poder dar felicidad a mi familia y a mis amigos, y a no desfallecer en tratar de seguir colaborando para el bien de mi querida Costa Rica, sin dejar ni un segundo de amarla.
 

Miguel Ángel Rodríguez