Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 7 Febrero, 2008

De cal y de arena

Alvaro Madrigal

Los chinos –los de Taipéi y los de Pekín— se han encontrado de frente en Centroamérica. Pujan por asegurarse los cariños de los gobiernos del área. Es una especie de subasta que recuerda al viejillo lleno de plata pero con otras falencias, desvivido por una carajilla: un falso amor, caro e inseguro. Los chinos, de uno y otro lado del Mar de China, tienen plata y tienen muchas otras capacidades. Y pareciera que también flojera en punto al manual de escrúpulos. Igual nuestro país. Mientras los amoríos nuestros fueron con Taiwán, su chequera se abrió con largueza. Hasta supuestamente para financiar campañas electorales y otras cosas más, sin ocuparse del prurito de la rendición de cuentas. Hacían las del monito que ni ve ni oye ni habla, dando pábulo a la versión de que más de un capitalito se origina por allí. Asqueado de ese tráfico y creyendo en que se cerraría ese capítulo de nuestra historia, aplaudí la decisión de la administración Arias de romper con Taiwán y establecer relaciones diplomáticas con la República Popular China. Se imponía este paso por imperativo de la realidad política y económica, un finiquito para una situación que avalaba la artificial creación de un Estado surgido de la derrota en una guerra civil y por obra y gracia del amparo otorgado por Estados Unidos en media guerra fría. Pero... ¡qué va! Seguimos con los mismos vicios, poniendo factura a la relación, pidiendo mucho y con impertinencia. Esto desmerece aquel paso. Infortunadamente esa debilidad por pedir mucho y con impertinencia encuentra nuevos vientos que la hinchen. Siento que nuestra política exterior en este extremo se somete, se condiciona, se arrodilla con renunciamiento de la dignidad y nos exhibe vulgarmente pedigüeños.

Briosa, empeñosa, laboriosa, China se ha convertido en una gran potencia mundial. Su economía crece como ninguna otra, su mercado interno es toda una atracción y su recurso humano atrae ingentes inversiones. El mundo está lleno de sus productos, que poco a poco van desplazando la cara oferta occidental. En China se hace realidad la utopía del capitalismo con un alto costo social y ambiental que ya alarma a sus más altas autoridades. Su presidente, Hu Jintao, aboga por un “desarrollo científico” (kexue fazhanguan) y por dejar atrás la obsesión por el crecimiento que convirtió a su país en el “taller del mundo”. Va de lleno hacia el desarrollo científico. En días pasados, DW-TV divulgó un reportaje —“Un empresario alemán en China”, su nombre— sobre la cruda realidad que se esconde tras la expansión económica. Las normas de calidad de Occidente se acatan al centavo; por los costos salariales no hay que preocuparse (jornadas de siete días y de 12 horas diarias, con parte del salario retenido para el rubro alimentos y para la agencia empleadora) y los trucos fiscales están más extendidos que en Europa. En el Viejo Continente se afanan por ahorrar puestos de trabajo, en China por generarlos. ¿Para qué fajas transportadoras si sobra la mano de obra? Mano de obra dócil y silente, a la medida del “capitalismo salvaje”. Una forma de asegurarse el crecimiento puro, sin democracia ni estado social. Veremos en qué para lo de Hu Jintao.