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COLUMNISTAS


De cal y de arena

Alvaro Madrigal [email protected] | Jueves 15 noviembre, 2007


2006-2010, un cuatrienio para recordar en la historia parlamentaria costarricense. No tanto por las chuchingadas, infantilismos y naderías con que suelen entretenerse los actuales diputados, para solaz exclusivamente suyo. Tampoco por esa demostración de torpeza a la hora de encarar el comportamiento de las barras, al extremo de vendar los ventanales como si se quisiera decir que hay que librar al Congreso de la impertinente mirada escrutadora de los ciudadanos. No. Más bien porque apenas andado el primer cuarto del periodo, ya se ha evidenciado que esta Asamblea Legislativa sufre todos los padecimientos que se derivan de la astenia de capacidad política. No fue precisamente esta columna parte de los coros que en mayo de 2006 alababan las excelencias de estos diputados porque, con las excepciones de rigor, no vio en ellos aptitud para la política. Los hechos, cuando no se ha llegado ni al meridiano de su gestión, comprueban el efecto devastador que tiene esta falencia para un órgano esencialmente político como es el Parlamento. Es en este contexto donde se ha deformado gravemente la misión y razón de ser del Parlamento: la representación del Soberano que escruta a la administración, que como tal representante cautela el bien común y sirve de freno y de contrapeso a los movimientos del administrador. El renunciamiento es evidente.

Se percibe la Asamblea Legislativa como un apéndice del Poder Ejecutivo, visto que la llamada “mayoría mecánica” o “bloque de los 38”, legítimamente conformada para un propósito también legítimo (asegurar el buen tránsito del TLC), está comportándose como un bloque dispuesto para quedarse como simple ficha de la estrategia de los promotores de una visión de país distinta. Esto es, un bloque sin vocación por la crítica, sin autonomía y sin iniciativa propia. Es sintomática su resistencia a espulgar las leyes de implementación del TLC para depurarlas y asegurar que no comprometen al país más allá de lo mandado por el Tratado. Preludia difíciles jornadas, en un contexto en que sin contrapeso reina la voluntad de quien nos anticipó estar seducido por la “tiranía en democracia” y en que se alían el poder político, el poder económico y el poder mediático, con los partidos políticos desacreditados al máximo y sin liderazgos. Debilitado o difuminado el principio de los frenos y contrapesos entre los poderes del Estado, no hay vuelta de hoja: la víctima es la calidad de la democracia costarricense.

Está anémica esta democracia. Este debería ser tema de reflexión permanente a fin de tomar medidas cautelares a debido tiempo. Hay señales preocupantes que apuntan un peligroso deterioro. La concentración de poder económico deja sentir sus efectos en los órganos de poder político y corre a llenar el vacío que crean la anquilosis partidista y el extravío parlamentario. Con tan devaluada estima, no sorprende ver a la Asamblea Legislativa tomada como arena de una maniobra montada para crear un fantasma con el cual justificar medidas de fuerza propias de la “tiranía en democracia”.

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