El Global Alliance of Impact Lawyers (GAIL) es una comunidad internacional de juristas que busca usar el derecho para lograr un impacto positivo. Su origen se remonta a febrero de 2022, cuando tres redes de abogados de impacto: Esela (The legal network for social impact), el Benefit Company Bar Association (BCBA) y la Red Latinoamericana de Abogados de Impacto (RLAI), decidieron unirse. La fusión de estas redes dio nacimiento a GAIL con el objetivo de crear una comunidad mundial de líderes legales que utilicen su profesión para acelerar la transición hacia una economía más sostenible e inclusiva. Curiosamente su lanzamiento se realizó en formato virtual y no en un país específico, reflejando su carácter internacional.
GAIL promueve el concepto de “abogados de impacto”, profesionales que miden su éxito no solo por el beneficio económico, sino por el efecto positivo que generan en la sociedad y el planeta. Sus áreas de interés abarcan la inversión de impacto, el derecho climático, las finanzas sostenibles, la gobernanza corporativa y la economía social, entre otras. Así, la alianza busca posicionar a la abogacía como agente de cambio en temas climáticos y sociales.
Está semana, del 13 al 15 de octubre de 2025, la Universidad Iberoamericana en Ciudad de México fue sede del GAIL Summit 2025: “From Ideas to Action: Shaping the Future of Impact Law”. Este encuentro reunió a profesionales del derecho, académicos y estudiantes de más de treinta jurisdicciones para explorar el papel del derecho en la construcción de sistemas más inclusivos, sostenibles y responsables. El programa se centró en transformar la teoría en herramientas jurídicas concretas que fortalezcan comunidades resilientes y ecosistemas prósperos, con especial atención a las perspectivas de América Latina. Las sesiones abordaron temas como inversión de impacto, finanzas combinadas, derecho climático, ESG, gobernanza corporativa y modelos empresariales emergentes, ofreciendo un espacio de reflexión y co-creación.
Dentro del Summit, el 15 de octubre, moderé la mesa: “Corporate Accountability – Social & Climate Impact”. Los panelistas fueron: Brenda Rogel, socia de Ritch Mueller en México; Luisa Montes, directora de Ecovalores en México; Pedro Castillo, director de Relaciones Institucionales de Promotora Social México; y Ana Vanessa González Deister, directora de Desarrollo Social en Fomento Social Banamex.
Durante la conversación exploramos cómo las empresas pueden asumir una responsabilidad más profunda frente al cambio climático, integrando la transparencia y la rendición de cuentas en su gestión. Desde la abogacía, consultoría, la banca, la sostenibilidad y la inversión social, los panelistas coincidieron en que los marcos legales emergentes y las prácticas corporativas en la región permiten tomar decisiones más éticas y sostenibles. Se destacó la necesidad de que las empresas midan y reporten sus impactos ambientales y sociales y revisen sus cadenas de valor para asegurar el bienestar social y la protección del medio ambiente.
En la mesa redonda compartí también ideas de mi libro “Redefining Business Excellence”, que propone un cambio de paradigma: pasar de medir el éxito exclusivamente por las utilidades a concebirlo como la capacidad de generar valor para las personas y el planeta a la vez que se produce más riqueza. Lo anterior, alineando el propósito y el impacto con el hacer de la empresa y la creación de valor en tiempo real en las comunidades en donde opera. Llevamos años de extractivismo y de “devoluciones” paliativas; y ya no basta con compensar daños, sino que debemos diseñar modelos de negocio desde el inicio considerando estándares ESG y principios de interdependencia.
Cada industria, legal o ilegal, funciona gracias a la asesoría y la decisión de alguien. Los abogados, consultores y ejecutivos somos guardianes y guías de decisiones: debemos preguntarnos si seguiremos dejando que el lucro gobierne a toda costa o si elevaremos nuestra misión para solucionar problemas sociales y ambientales sin renunciar a la rentabilidad, para así, redefinir el "lujo" y el legado a partir de la construcción de este tipo de soluciones, no limitando a la cantidad de dinero que generan, únicamente. Esta elección no depende de los gobiernos ni de los organismos internacionales; depende de cada empresa, de cada profesional y de cada ciudadano.
A lo largo del debate surgió una reflexión fundamental: la voluntad colectiva no es algo que se imponga desde arriba, sino la suma de millones de actos individuales. Por ejemplo, en el ámbito político, el voto es secreto y cada sufragio contribuye a expresar la voluntad de la sociedad. De igual manera, en el mundo empresarial las políticas, leyes y tendencias se construyen a partir de las decisiones cotidianas de personas y organizaciones. Con frecuencia esperamos que “alguien” arregle el sistema (el Estado, los mercados, una organización internacional), sin reconocer que nuestra inacción o silencio también dictan resultados.
Me gusta ilustrar esto con el tenis: un deporte individual en el que cada golpe es visible y la responsabilidad es absoluta. Sin embargo, en los deportes de equipo el desempeño individual sigue siendo indispensable para el éxito colectivo; cada jugador debe cumplir su rol con excelencia para que el equipo funcione. En la vida y en los negocios ocurre lo mismo: no podemos seguir esperando que alguien más cambie nuestra realidad, debemos empezar dónde estamos. Contamos con un poder individual mayor del que creemos, y nuestra coherencia entre valores y acciones marca la diferencia.
El GAIL Summit 2025 nos recordó que el derecho y las empresas tienen un papel central en la transición hacia un mundo más justo y sostenible. La fusión de redes que dio origen a GAIL demuestra la fuerza de la cooperación global. La agenda del evento, centrada en transformar ideas en acciones, refleja que las regulaciones y marcos corporativos evolucionan rápidamente para exigir transparencia, rendición de cuentas y soluciones climáticas. Panelistas de distintas disciplinas coincidieron en que incorporar criterios ESG ya no es opcional; es un requisito para acceder a capital, cumplir con la normativa y mantener la confianza de consumidores e inversionistas.
Sin embargo, ninguna ley sustituye a la voluntad individual. Cada persona que ocupa una posición de liderazgo, en la empresa, la academia, la consultoría o la abogacía, tiene el poder de inclinar la balanza hacia modelos que prioricen a las personas y al planeta al mismo tiempo que generan prosperidad. La pregunta central es: ¿qué decisión tomaremos?¿Continuaremos dejando que el beneficio a toda costa guíe nuestras acciones, o nos atreveremos a redefinir la excelencia empresarial para diseñar un futuro en el que la prosperidad y la justicia coexistan?





































