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Jueves, 22 de agosto de 2019



COLUMNISTAS


CHISPORROTEOS

Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 22 septiembre, 2010



Chisporroteos

Le he sugerido a mi buen amigo el Ministro Leonardo Garnier, que ante la disparatada (aunque lamentablemente no sorpresiva) malacrianza de su colega nicaragüense, de impedir que en la ceremonia de llegada a Costa Rica de la tea de la independencia, se representara un diálogo entre Rubén Darío y Aquileo J. Echeverría escrito por un joven escritor costarricense cuyo nombre penosamente se me escapa, proceda él a hacer montar ese diálogo con dos actores profesionales de la más alta categoría posible y bajo la dirección ojalá de Daniel Gallegos, a filmarlo, y a trasmitirlo por el Canal 13 que al fin y al cabo de cuando en cuando puede trasmitir algo de interés cultural costarricense.
La amistad entre Darío y Aquileo fue profunda. Darío prologó las Concherías, y repetidas veces invitó a Aquileo a reunirse con él en Buenos Aires y hacer ahí carrera juntos o intentarlo. Es conocida la hermosa carta que Darío envió desde París a don Miguel de Unamuno, cuando Aquileo estaba hospitalizado en Barcelona, rogándole viajar a Barcelona y visitar al “poeta de Costa Rica”. Unamuno accedió pero llegó tarde. Si un escritor costarricense nuevo ha escrito sobre esa hermosa amistad, entre dos poetas tan diferentes entre sí tenemos derecho a conocer esa obra (aunque las autoridades nicaragüenses, por ser fieles a sí mismas, se hayan opuesto).
El infatigable Camilo Rodríguez, que es una increíble empresa editora personal cuyo catálogo es enormemente valioso, ha dado a la luz su centésimo libro, y se nos ha venido con una barbaridad que se titula Pintores de Limón, y que, aparte una breve presentación de cada artista, consta de 115 reproducciones de cuadros originales de nueve pintores limonenses, curiosamente solo uno de ellos de manifiesta ascendencia jamaicana.
No son pintores formados en academias, universidades ni en la benemérita Casa del Artista. Son pintores espontáneos (me dice un amigo enterado que en Limón siempre los hubo), principalmente paisajistas, con una tendencia algunos de ellos, es cierto, a la tarjeta postal, pero en la mayoría de los casos llenos de imaginación y un afán de plasmar pictóricamente la ciudad de Limón y la personalidad de sus habitantes. A estos pintores no hay que decirles (como les dijo a nuestros ticos, de Quico y Amighetti a Felo y Rafa cierta experta sudamericana en 1971) que “así no se está pintando en las capitales artísticas”, cosa que sería cierta. Pero (como el autor de estas líneas se lo soltó a la experta de marras), nadie les dijo a los flamencos del siglo XVII que como ellos lo hacían, no se estaba pintando en Florencia.
Ojalá el Ministerio de Cultura tome nota de lo que este libro nos revela, y organice algo para que todos nos enteremos de cómo se está pintando en Limón y a ver quién se atreve a decirles a nuestros artistas que “así no se está pintando en… San José”.
El libro contiene un reconocimiento al empresario Johnny Fung, que financió la edición. Esta columna se adhiere a tal reconocimiento, que debería ser nacional.
El otro día conté que un estudiante colombiano se había ido de Costa Rica llevándose el único ejemplar que yo tenía de una Conchería desconocida de Aquileo, que le presté. Declaro ahora a los cuatro vientos que he recibido por correo desde Colombia, un sobre que contiene el bendito texto. Gracias, amigo Guillermo, por ser tan cumplido.

Alberto Cañas
[email protected]