Alberto Cañas

Enviar
Sábado 24 Julio, 2010


CHISPORROTEOS


No se imaginan ustedes la cantidad de ideas y sugerencias que me ha provocado lo que escribí sobre los programas de lectura del Ministerio de Educación. Lo curioso, eso sí, es que nadie está de acuerdo con la dosis de bestsellerización que se medio nota en las listas del Ministerio, y la casi unanimidad con que las personas que me han escrito plantean el nombre de Julio Verne como el del autor más apropiado para los muchachos (y de paso para las muchachas) de toda clase y de toda edad. Y por supuesto, nadie sale de su asombro al contemplar a Drácula entre los recomendados (incluso el suscrito que disfrutó en grande de su lectura hace pocos años).
Es claro que el propósito central es inclinar a los estudiantes hacia la lectura. Pero es bueno saber que el esfuerzo será vano si cuando llegan a su casa no ven a nadie leyendo sino a la parentela absorta en un culebrón o un noticiario ofídico de los que aquí se acostumbran.
Siempre recuerdo la intención anunciada por el recordado Eduardo Jenkins Dobles cuando el presidente electo Luis Alberto Monge lo anunció como Presidente Ejecutivo del INVU, de entregar las casas con una pequeña biblioteca adentro. Desgraciadamente Monge desistió de su intención, envió a Jenkins a la embajada en Israel y las casas del INVU no tuvieron libros.
Claro está que si en el colegio habitúan al muchacho o a la muchacha a leer, ningún televisor hogareño logrará que desistan de hacerlo. Leer es una afición, leer es un hábito, leer es un vicio pero de los buenos. Si se lo fijan a uno como obligación, la cosa “cambea”.
Una pregunta que mucha gente se hace es por qué razón el libro de adolescentes por excelencia en Costa Rica, Marcos Ramírez, ha sido olvidado, mientras se incluye o se mantiene Mamita Yunai cuyo interés es hoy dichosamente solo histórico.
En fin, que la discusión puede ser eterna o permanente. Y me ha agradado no hay idea cómo que se suscitara, aunque pocas personas han mencionado la necesidad de que los jóvenes entren en contacto, a más de Drácula, con textos escritos en el mejor castellano imaginable.

Alberto F. Cañas
[email protected]