Alberto Cañas

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Sábado 24 Abril, 2010


CHISPORROTEOS


En el proceso que se sigue contra mucha gente por la propina que los franceses repartieron en el ICE, han ocurrido o están ocurriendo dos cosas que me llaman la atención por disparatadas y hasta por posiblemente contraproducentes para quienes las hacen ocurrir.
Una de ellas es la insistencia en que ciertas pruebas de la acusación que vinieron de Panamá no se tomen en cuenta porque fueron emitidas de acuerdo con los procedimientos panameños y no con los costarricenses. El contenido de esas pruebas es bien conocido y, por decirlo con un extraño adjetivo, bravo. Tratar de que no se tome en cuenta a pesar de lo grave que es a nada conduce, pues la población, como dije, conoce el contenido, y si eventualmente alguno de los acusados resulta absuelto porque esa prueba brava no se tomó en cuenta, lo que se despertará entre los costarricenses serán dudas respecto a la justicia del país. Cosa distinta sería si la defensa discute en serio sobre el contenido de esas pruebas y tiene éxito.
La otra es la afirmación del ex-presidente Rodríguez, de que el dinero que recibió era para financiar su campaña de candidato a la Secretaría de la OEA. En primer lugar, la finalidad que le diera no tiene ninguna importancia ni cambia nada, pues lo que ha provocado el proceso es el origen y no la finalidad. Y en segundo, aunque hace décadas me retiré de la diplomacia, no se me olvida lo que en ella aprendí. La candidatura de don Miguel Angel para la OEA no era una candidatura personal sino una candidatura oficial del gobierno de Costa Rica, que ni un cinco le podía costar al candidato, que además era el propio jefe del gobierno. La Casa Amarilla llama a los embajadores latinoamericanos aquí acreditados, les comunica la candidatura y pide el apoyo de los respectivos países. Y las embajadas de Costa Rica en cada uno de esos países gestionan el apoyo para el candidato. No se gasta un cinco, y menos lo gasta el candidato.
En el cuatrienio 1962-1966, el gobierno de don Francisco J. Orlich presentó la candidatura de don Gonzalo Facio a la Secretaría General de la OEA. Esto lo manejó la cancillería, servida primero por don Daniel Oduber y luego por don Mario Gómez. Y se obtuvieron los votos necesarios, sin que ni el gobierno de Costa Rica ni el Lic. Facio tuvieran necesidad de desembolsar un cinco. Luego, el gobierno de don José Joaquín Trejos, en un lamentable acto de mezquindad política, retiró la candidatura de don Gonzalo y aquí no ha pasado nada. Pero el esfuerzo no tuvo otro costo que el de algún cablegrama, si acaso.
Ese amigo charlatán que tengo, me llama para preguntarme si no sería menos costoso enseñarles español a los gerentes de las empresas extranjeras, que enseñarles inglés a todos los niños de Costa Rica.

Alberto F. Cañas
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