Alberto Cañas

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Miércoles 19 Agosto, 2009


CHISPORROTEOS


Todos, absolutamente todos, deberíamos estar meditando sobre lo que ocurre en Limón. Y es que esa hermosa ciudad ya no nos pertenece ni pertenece a sus habitantes, sino que ha pasado a ser propiedad privada y semi-feudal de los delincuentes, sin que el gobierno (ni éste ni los que lo precedieron) haga nada útil ni eficaz por devolverle a Limón su vida ni su tranquilidad. Proyectos de muelles nuevos no son respuesta, aunque estén en las ahora sacrosantas manos chinas.

Los estudiantes ya no quieren asistir ni a la escuela ni al colegio, donde son amenazados por el hampa. La gente honorable teme salir de su casa. El reino del terror se ha implantado. Y dejémonos de cosas: así como en Limón, se podrá implantar en cualquiera de nuestras ciudades, con solo que los criminales se lo propongan, y tengamos un Ministerio de Inseguridad Pública al que nada útil ni práctico parece ocurrírsele.

Repito: lo que sucede en Limón podría suceder en cualquiera otra ciudad, y cuidado si la que sigue no es San José.

Cambiando el tema, es saludable la protesta de los vecinos de la autopista que algún día llegará a Caldera, que se niegan a pagar el excesivo peaje que pretenden cobrarles, incluso en trechos donde antes no se cobraba y que no han sido ampliados ni nada similar. La obsesión privatizadora que se ha apoderado de nuestras clases dirigentes está ya cumpliendo un viejo sueño (no formulado pero sumamente adivinable) de que haya dos tipos de carretera (y acaso algún día también de calle): una para los pobres y otra para los ricos, que presumiblemente tendrá menos presas. En relación con el tránsito me agrada acordarme de aquella frase del inmortal don Pepe Figueres cuando empezaba la queja contra las presas, y comentó que lo que ocurría es que había algunos inconformes con que los pobres estuvieran adquiriendo vehículos automotores.

Y como tras la de cal debe venir la de arena, la de arena, y no me cansaré de repetirlo, es la alegría con que la población ha recibido la resurrección de los trenes. No sé si esos que los apedrean lo hacen por cuenta propia, pero deberían darles una tunda. A semejanza de don Rafael Yglesias, creo más en las tundas que en las cárceles. Una buena chilillada a tiempo evitaría muchos delitos en el futuro. Y no me respondan con pedagogías pendejas, cuyos efectos sociales se palpan, se sienten y se padecen. Las pedagogías anteriores nos dieron una ciudadanía correcta, consciente y patriótica. Las actuales producen ciudadanos escépticos, por decirlo suavemente.

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