Alberto Cañas

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Sábado 15 Noviembre, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Es lamentable, a pesar de lo cómico que resulta, que los mismos que vienen hace meses haciéndose lenguas sobre el profundo sentido democrático que según ellos tuvo el famoso domingo 7 cuando el miedo fue el tema principal de los que ganaron por una diferencia muy pequeña, sean los que ahora están poniendo el grito en el cielo por la ley que aprobó la Asamblea Legislativa en estos días para que los habitantes de un lugar determinado puedan ser convocados a opinar acerca de cosas que interesen a su zona, o sobre peligros que se ciernan sobre ella.

Moraleja: Lo que fue bueno para los gansos no lo es para la gansa. Y señalo que, en mi infancia, la palabra “ganso” se refería a los ávidos, los ambiciosos, los insaciables y los amigos del dinero en general y más allá del sudor de la frente.

Moraleja segunda: Los plebiscitos son buenos, cuando yo tengo la oportunidad de ganarlos. Y cuando no, no. Suena feo ¿verdad? Pero las verdades tienen últimamente la costumbre o el defecto de sonar feo.

Moraleja tercera: Cuando detrás de un proyecto hay un gran negocio, no conviene que los habitantes se pronuncien, y ojalá que ni siquiera se enteren. Y lo mejor que podría hacer el país es destruir a Sardinal como destruyeron en la Biblia a Sodoma y Gomorra, como comunidad peligrosa y pecadora (que peca no se sabe bien si contra las leyes del mercado o contra el mercado de las leyes, que por allí andan algunas cosas).

Según el flamante ministro Ruiz, Obama es un politiquero barato (a la manera yo sé de quienes pero no lo digo), a quien no debemos tomarle en serio lo que dijo en campaña.

Ya se supo qué fue lo que hicieron los famosos mil autores del programa liberacionista de la última campaña: se dividieron en tres grupos, de 333 personas cada uno. La contribución del primer grupo al programazo fue la letra T. La del segundo grupo fue la letra L. Y la de grupo final fue la letra C. Esto suma 999 personas. La número mil no se sabe si era el propio don Oscar o su hermano, cosa que no se ha revelado. Y el programa de gobierno fue así de sencillo como queda dicho: la T, la L y la C. Ni una letra más.

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