En los últimos dos meses, las provocaciones en el mar de China han alcanzado un nivel de tensión sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Si a inicios del mes de noviembre, la primera ministra japonesa realizaba unas polémicas declaraciones en las que aseguró que el Ejército japonés daría apoyo militar a Taiwán para impedir la culminación del proceso histórico hacia una sola China, a finales del mes de diciembre se ha descubierto que los servicios de inteligencia japoneses podrían estar detrás de unos reiterados ataques cibernéticos sobre la red de instituciones chinas.
En cualquier caso, el apoyo militar a Taiwán por parte de diversos países contrarios a los intereses de la República Popular China, es una muestra del desprecio hacia un asunto interno que ya dura 80 años. Un asunto sobre el cual, China no va a aceptar más injerencias de aquí en adelante. El mensaje chino es muy claro a partir de este momento:
La realidad de una China reunificada y próspera no solo es una cuestión capital, sino que es un hecho existencial.
En todo este asunto es evidente que solo se busca la asfixia y la inestabilidad contra la República Popular China, pues en este momento todo el bloque de los países más desarrollados del mundo se encuentra en una profunda crisis política y económica. En cambio, la China del siglo XXI sigue prosperando con fuerza, y al mismo tiempo sigue ganando aliados en su camino de progreso compartido junto con el resto de pueblos de la Tierra. En mi opinión, la cuestión de Taiwán ya no solo es algo que interpela a la defensa propia de intereses chinos, sino a la defensa propia de intereses de toda la humanidad.
En el estrecho de Taiwán, pues, se dirimen muchas más cosas que el concepto de una sola China. Aquí ya estamos hablando de si un sistema político y social liderado por la República Popular China puede impulsar la cooperación en el planeta para acabar con los agravios de potencias coloniales sobre los países del Sur Global.
Los países en vías de desarrollo están despertando, pero está claro que en el estrecho de Taiwán hay un termómetro que mide hasta qué punto el viejo orden mundial todavía no acaba de morir, mientras que un nuevo orden mundial todavía no acaba de nacer. Pero el proceso es irreversible, dentro de una lucha ideológica y tecnológica como campo de batalla donde tanto China como la humanidad entera se juegan su futuro.





































