La primera fuerza es el miedo, y es la que más decide. Perder duele más de lo que gozamos al ganar una cantidad equivalente. Esa asimetría, profundamente humana, gobierna buena parte de nuestras finanzas. Nos hace vender en pánico lo que deberíamos conservar, y conservar por temor lo que deberíamos soltar. Nos hace no invertir, no arriesgar, no cambiar… no por un cálculo, sino por una reacción antigua que confunde lo desconocido con lo peligroso. El miedo no es irracional; durante milenios nos mantuvo vivos. Pero cuando gobierna una decisión sin que lo veamos, cobra un precio alto y silencioso.