Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 1 Abril, 2015

Todos estamos llamados a luchar contra la discriminación, el acoso y la agresión en todas sus formas


Hablando Claro

Activistas de la bondad

La indignación generalizada que ha provocado la conducta de un sujeto que quiere que las canchas sean jardines y que estima pecado que las personas caminen por ellas, así sea una sola niña la que ilusionada va en busca de uno de sus referentes para fundirse en un abrazo de agradecimiento, es ciertamente comprensible y justificada.
Pero no se resuelve con epítetos e insultos. Simplemente porque las palabrotas no generan hábitos. Servirán a lo sumo para el deshago colectivo; ese que ahora parece ser el santo grial que muchos persiguen, especialmente en las redes. Pero siendo francos, de nada sirven.
El comportamiento del señor en el inicio de la Semana Mayor, nos viene a tono para poner las barbas en remojo a propósito de nuestras propias actitudes respecto de nuestro prójimo, porque sin ser tan desagradables en nuestras manifestaciones como él en sus problemas de relación interpersonal con quien se cruza en su camino (por cierto parece inamovible) lo cierto es que todos de una manera probablemente menos artera, también hacemos gala de conductas poco edificantes respecto de las personas que están a nuestro alrededor.
El caso me hace recordar a una mujer admirable que vino hace pocas semanas al país cargando justamente una bola, que denomina la bola de la bondad.
Gabriela Van Rij una mujer hermosa de enormes ojos negros y apenas metro y medio de estatura que habiendo sido abandonada a los 10 días de nacida en un orfanato en Paquistán, fue adoptada por un matrimonio holandés, creció en la paradoja del amor de sus papás adoptivos y el inmenso prejuicio y rechazo social que causaba en aquella sociedad blanca y prejuiciosa de 40 años atrás, su color de piel.
Las cosas, dice Gabriela, han cambiado un poco en el mundo desde entonces, pero no lo suficiente pues ahora que viaja por el mundo es objeto de constantes interrogatorios por ser una originaria de Paquistán viajando con un pasaporte holandés. Pero el caso es solo para ilustrar cómo todos estamos llamados a luchar contra la discriminación, el acoso y la agresión en todas sus formas.
Gabriela por ejemplo, predica con convicción que la bondad es mayor que la maldad y que por tanto es posible que esta triunfe por sobre conductas, las conductas de agresión.
Y para ello precisa cuatro pasos: convertirse en un testigo activo (a lo Wanchope). La indiferencia y el silencio son cómplices del maltrato. El segundo paso es aceptarnos a nosotros mismos como somos para empezar por mejorar nuestra condición y autoestima. El tercero es aceptar el derecho de los demás a ser como son; entendiendo que la tolerancia como un concepto que se asume la mayoría de las veces restrictivamente, no es suficiente para la tarea inacabada de construir una sociedad de derechos plenos para todos.
Y finalmente asumir un compromiso para con la bondad. Parece poco, pero cuando en un caso concreto se observa el poder de la maldad que emana de un corazón endurecido, se puede dimensionar que practicar la bondad no es poca cosa para mejorar la convivencia.

Vilma Ibarra