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El problema de la última milla en la cadena del reciclaje, es decir, del hogar a un centro de recolección, es ahí donde se está fallando


La obligación de reciclar

La sensibilidad de cuidar el entorno cala ya en un porcentaje importante de ciudadanos.
Cada día es más común ver a niños dividir los residuos, utilizar los botes de reciclaje. Ellos son la esperanza.
La sociedad cambia más rápido que las políticas que debieran garantizar que la separación de residuos sea respetada en toda la cadena de recolección.
A esta altura nadie está preocupado por definir políticas, o una visión de la estructura para sacar provecho de esta actividad.
Ningún foro gubernamental aborda incentivos para quienes reciclan, o la llegada de industria que se nutra de estos residuos.
Sin embargo, entre todas las debilidades, la que debe abordar el gobierno con carácter prioritario es la corrección en la incapacidad existente en las municipalidades.
El reto es lograr una logística que permita llevar el residuo reciclable a centros de acopio.
No todas las municipalidades tienen los mismos recursos, ni población. Tampoco volumen, pero existen modelos distintos que pueden servir según la circunstancia.
El punto de partida es positivo, porque la relación parte de una premisa de ganar-ganar.
Los vecinos del municipio pagan a su gobierno local un impuesto por el servicio de recolección. Entonces es un gasto ya subsanado.
El segundo paso es el de la separación, que puede requerir un pequeño patio.
Hacer eso generará un segundo ingreso, el que el centro de acopio —último paso de la cadena previo a la recicladora— pagará por peso.
Tras revisar el modelo, la conclusión es que no existe una barrera económica, tan solo mental.
Si no lo quieren hacer, pueden ceder el negocio a terceros interesados en la ganancia. Así, se desentienden de la separación y no alteran su plan de trabajo actual.
Pero tampoco sucede.
El problema de la última milla en la cadena del reciclaje, es decir, del hogar a un centro de recolección, es ahí donde se está fallando.
Lo más sencillo es dictar una norma, que obligue a los gobiernos locales a ser el vehículo para esa última milla.
Un sistema rentable, que dé ingresos frescos y a la vez impacte positivamente en la calidad de vida al generar bienestar a las futuras generaciones.
Al final, no importa el modelo que cada municipio quiera implementar, pero es inadmisible que las personas hagan su parte al separar los desechos y todo vaya al mismo canasto.

 


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