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Por más impuestos nuevos que se recauden, si el Estado continúa con este despilfarro difícilmente se podrá enderezar el desequilibrio fiscal

Efectiva amenaza fiscal

La amenaza fiscal sobre nuestra economía proviene de una postergación recurrente sobre la tarea de sanear el colosal gasto público.
Por más impuestos nuevos que se recauden, si el Estado continúa con este despilfarro difícilmente se podrá enderezar el desequilibrio fiscal.
A esta conclusión han llegado inclusive hasta las naciones más ricas en el mundo tras la crisis.
Las medidas que se deben tomar no son un asunto de cortoplacismo, menos infundado por los discursos que buscan asustar y generar presiones para tomar resoluciones desacertadas, que al final resultan en parches sin sentido, similares a la forma en que se ha venido gobernado en las últimas décadas.
Lo que urge en Costa Rica es una visión estatista, que levante la cabeza sobre los hombros, y mire hacia un horizonte de mayor largo plazo. Darse cuenta de que el país requiere una reforma en la mentalidad gubernamental, que la lleve a utilizar los recursos públicos con respeto y justicia, ya que proceden de los bolsillos de los trabajadores nacionales.
En este sentido es necesario que se dejen de lado los remedios caseros a la economía, y se asuma con verdadero liderazgo, la tarea de convocar las fuerzas necesarias a lo interno de la administración para empezar una tarea de racionalización del uso de los recursos en la función pública.
El único camino sostenible para el Estado será buscar la eficiencia. Conforme la prensa siga ese imprescindible rol de fiscalizador de los gobernantes, los excesos, las erogaciones superfluas, los gastos injustificados y los privilegios ocultos saldrán a la luz pública, solamente para reforzar la idea de lo que urge: limpiar la casa.
No existe fuerza democrática que se le oponga a esta batalla, que además cuenta hoy con el beneplácito de grupos políticos decentes, sectores empresariales y sindicales, dispuestos a construir un país que mire hacia el progreso con pasos firmes y prácticas públicas limpias.
De lo contrario el bienestar nacional se nos irá escapando poco a poco, en un deterioro sistemático de la infraestructura, la educación, la salud pública.
Si nuestro actual sistema de excesos y privilegios surge por las laxas regulaciones, supervisiones, controles o, aún más grave, por las condescendencias de las administraciones de turno, entonces esto debe terminar de una vez por todas.
Esta es la disciplina fiscal que merecemos.



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