La Gran Muralla China a través del paso de Juyongguan, una de las secciones más espectaculares de este mítico patrimonio que recorre el norte de la geografía china. Foto Sergi Lara
Una vez pasada la última Asamblea General de las Naciones Unidas a finales del mes de septiembre, en la cual se conmemoraban los 80 años de su fundación, hemos podido constatar un hecho que genera una profunda preocupación para muchos analistas sobre geopolítica. Y este hecho, ni más ni menos, es el claro aislamiento en el que se encuentra la principal potencia del mundo. Y cuando una potencia de la magnitud de los Estados Unidos de América se encuentra en esta situación, es peligrosísimo para el resto de las naciones.
La gran contradicción del tiempo que nos toca vivir es que la nación más hegemónica que es capaz de condicionar la vida de buena parte de personas del planeta no está fundada sobre los pilares de ninguna civilización antigua, sino sobre la colonización moderna de un territorio con poco más de 200 años de historia política. Y esta misma nación que todavía sigue pensando que toda América Latina es su “patio trasero”, se cree con la autoridad de ordenar a los diplomáticos y empresarios de las igualmente jóvenes repúblicas latinoamericanas, que no deben firmar ningún acuerdo con el Partido Comunista Chino.
La cuestión que vivimos, pues, es muy clara en lo que respecta a los dos grandes poderes que hoy por hoy se disputan no solo la hegemonía mundial, sino sobre todo la gestión de recursos estratégicos y con ello la circulación planetaria de la economía. Y en este contexto, no me cabe duda de que China está ganando claramente la batalla, básicamente porque sus casi 1.500 millones de habitantes que viven ya dentro de una sociedad de bienestar enormemente productiva, tienen un peso muy superior a los 350 millones de estadounidenses que únicamente se limitan a ser consumidores. En cualquier caso, si la República Popular China ha alcanzado los niveles de desarrollo que están asombrando al mundo entero, no se debe solo a la gestión del Partido Comunista Chino, sino al hecho de ser una nación sostenida sobre los pilares de 5.000 años de continuidad como civilización, 3.000 años de los cuales con continuidad de historia política.
Es muy importante que en América Latina se entienda que la principal limitación para el progreso y bienestar de sus sociedades es ese modelo americano sometido a la decisión del 2% de las élites de cada país, el cual hace que el continente sea el que mayores desigualdades presenta en el mundo, con niveles de pobreza que oscilan entre el 30% del total de población en unos países y hasta el 70% en otros países.
Hay que entender por otro lado, que el modelo cooperativista de la sociedad china no se debe solo a la acción y el control del Partido Comunista Chino, sino a los 5.000 años de civilización que en su conjunto han dado a la humanidad el mayor número de avances tecnológicos que ninguna otra civilización ha sido capaz de aportar con una continuidad histórica tan grande. Asimismo, si en época moderna los líderes chinos se marcaron un objetivo clave, ese fue el de erradicar por completo la pobreza a partir de un territorio devastado tras la Segunda Guerra Mundial.
Cuando en el año 2020 el presidente chino Xi Jinping declaró la erradicación de la pobreza en China, sacando de ella a unos 800 millones de personas a lo largo de cinco décadas de fuerte desarrollo industrial y económico, el mensaje no podía ser más nítido. Un mensaje que confirmaba al “modelo socialista con características chinas” como el más eficaz para acabar con la pobreza y al mismo tiempo para garantizar el bienestar a toda una población, a diferencia del “modelo de democracia liberal” en el que el crimen organizado ha acabado por tomar el mando en gran parte del sistema político y económico mientras la mayoría de la población agoniza en su bienestar.
Del mismo modo hay que tener presente que ese modelo chino en el que la economía y los objetivos de desarrollo se planifican cada cinco años con una mirada a largo plazo choca frontalmente con el modelo occidental en el que impera el corto plazo y la “guerra política” interna que impide por completo la igualdad y la justicia en las sociedades.
Es por todo ello que cuando un diplomático de los Estados Unidos le dice a un diplomático de la República de Costa Rica que bajo ningún concepto debe reunirse con miembros del Partido Comunista Chino, en realidad le está diciendo que no se admite aplicar en las Américas el modelo social de justicia e igualdad para todos los ciudadanos. El modelo americano, pues, basado en tener un colchón mínimo de un 30% de pobreza, es lo que garantiza que el 2% de población viva con un enorme privilegio mientras el restante 68% de población trabaja para ellos y para perpetuar el modelo sin que casi nadie se percate del engaño. Y esta es la gran diferencia entre 5.000 años de civilización frente a 200 años de poder postcolonial.
Interior de la Ciudad Prohibida de Pekín, un enclave extraordinario entre el mito y la leyenda. Foto Sergi Lara





































