En occidente vivimos un tiempo en el que se enfrentan con enemistad y furia dos visiones antropológicas y políticas que de manera opuestas huyen de la realidad. En ese dar espaldas al mundo real ambas visiones tienden a crear autoritarismos que dividen y antagonizan a la sociedad, pues en su afán de imponer su visión desnaturalizada pretenden fortalecer al estado y zocaban la dignidad y la libertad. Su actuar acaba por dividir la política actual en occidente entre defensores de la democracia liberal (como garante de la dignidad, la libertad y la fraternidad entre las personas) y quienes favorecen esas visiones extremistas. Esta realidad se observa con crudeza en nuestra América Latina.
Por una parte, el relativismo identitario, en EEUU woke, generado por grupos progresistas insatisfechos con los avances que se estaban logrando, adquirieron una fuerte convicción sobre la superioridad moral de sus posiciones económicas, políticas y culturales para denunciar la injusticia social, la discriminación, la desigualdad de ingresos, de oportunidades y de trato por la sociedad y las instituciones públicas. Para resolver esos males, ciertamente muchas veces reales, buscaron crear derechos para grupos específicos con lo que destruyen la búsqueda de reglas generales de conducta justa y dividen la sociedad en grupos tribales que terminan enfrentados.
Ese identarismo tribal adecuadamente se enfrenta a la herencia de la esclavitud, al racismo, a la discriminación por nacionalidad o religión, al machismo, a la discriminación por preferencias sexuales y a otras exclusiones sociales a grupos minoritarios.
Pero esas causas, en muchos casos justas, por las medidas específicas y discriminatorias que promueven pueden generar resentimientos de los grupos mayoritarios tradicionales que perciben que se les margina en el proceso. Además, por su esencia identitaria corre el riesgo de reducir la riqueza de la persona a un solo rasgo: raza, religión, preferencia sexual, nacionalidad, clase.
En la vertiente opuesta, el movimiento fundamentalista autoritario aboga por una aplicación estricta de leyes que imponen la visión de una mayoría y se opone a lo que perciben como un enfoque basado en identidades específicas. Argumentan que la ley debe ser, como considero correcto, neutral y aplicarse de igual manera para todos, sin otorgar privilegios. Pero pretenden que la ley imponga visiones culturales específicas y se oponen a enfrentar las odiosas segregaciones que se dan contra grupos minoritarios. Con este argumento generalmente esconden su falta de atención a las discriminaciones que se dan contra grupos minoritarios, e incluso a la que por machismo se da contra la mitad de la población.
Es otro extremismo, ahora centralista, un movimiento para imponer desde el estado un absolutismo cultural, la visión de un grupo mayoritario en la sociedad.
Frente al agnosticismo, al demérito de valores religiosos, tradicionales y comunitarios y al debilitamiento del espíritu de acción colectiva generados por el individualismo y el ánimo competitivo, por la urbanización y por el propio cambio de época que vivimos con su incremento de incertidumbre y desarraigo, este fundamentalismo autoritario pretende imponer con la fuerza coercitiva del estado una única visión válida. Reclama un deterioro ético de la sociedad por debilitamiento de sus tradiciones y un fracaso político por la fragmentación social que se produce por el ataque a las creencias del pueblo, al que define como el conjunto de personas que apoya la visión única que se pretende imponer. Es un integracionismo unas veces basado en religión, otras en nacionalidad, o en clase social, que usualmente crea enemigos aparentes del pueblo y que, al igual que su extremismo antagónico, rompe con la institucionalidad de la democracia liberal, con su estado de derecho defensor de la igualdad de la ley y del respeto a las libertades fundamentales de cada persona y de sus organizaciones voluntarias. Al pretender imponer una cultura desde el estado en vez de contribuir a la integración de la sociedad por la aceptación de la diversidad, se promueve un autoritarismo que no es solución a la fragmentación. Pretender con la fuerza del Estado apagar la fragmentación acaba por fortalecer la dureza de los enfrentamientos.
Como mencione al principio ambas visiones extremistas y autoritarias se alimentan de su propia concepción y creencia que se reputa superior a la realidad.
En vez de oír a las personas a las que ambas visiones alegan representar, solo escuchan su propia prédica. Sea que lo hacen por estar íntimamente convencidas de su verdad, o sea que lo hacen como medio para ganar el apoyo popular con soluciones sencillas y falsas a problemas complejos y difíciles, el resultado es similar. Que la intención sea más o menos aceptable éticamente no cambia sus resultados.
Como lo que es importante es proclamar mi verdad la realidad no importa. Cuando por convicción o por conveniencia solo escucho mis creencias y prejuicios, cuando mi concepción de los hechos es más importante que los hechos, en vez de escuchar grito. Tengo que imponer mi visión. Escuchar me lleva a una realidad que estorba mi concepción. Lo único que importa es mi verdad.
Cuando no oigo a los demás y no veo la realidad, sino que solo atiendo mis convicciones pierdo la capacidad de entender lo que me rodea y acabo por vivir en mi imaginario mundo.
Si mi convicción es que las dificultades de algunas minorías es el fruto deseado por la mayoría que se aprovecha de la institucionalidad democrática liberal, la solución es dinamitar esa institucionalidad. No importa la mayoría, lo importante es legislar para las minorías. Es el liberalismo antidemocrático.
Si mi convicción es que los problemas de mi sociedad se dan porque algunos no siguen mis visiones culturales y mis creencias y que la diversidad de pensamiento es la causa de nuestras dificultades, mi solución es imponer mi visión y acabar con las libertades y derechos de las minoría. La creencia de la mayoría es la verdad. Las libertades de las minorías no son importantes, son una rémora para el progreso. Es la democracia iliberal.
Pero vivimos en el mundo. Hay una realidad. El mundo se calienta, aunque digamos que no. El poder corrompe y enferma, aunque lo neguemos.
No nos queda más que volver los ojos a la realidad.
Para de verdad resolver problemas y tensiones debemos conocer la realidad. Sin conocerla no podemos servirla. Debemos actuar con conocimiento de fines y medios, de limitaciones y posibilidades. Debemos usar el conocimiento que la humanidad ha construido para servir a la realidad y así cumplir el mandato bíblico del Génesis “Llenen la tierra y sométanla. Tengan autoridad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra.”
La acción política no solo debe ser bien intencionada, también debe ser eficaz y eficiente
Para vivir en libertad y respetar la dignidad de todas las personas debemos respetar sus concepciones. Y para poder hacerlo debemos oírnos. Gritarnos impide conocernos. Sin conocernos no podemos crear acuerdos.
Para conocer la realidad y para convivir en libertad con fraternidad no podemos dar la espalda ni a las personas ni a la realidad.


































