La derrota electoral de los republicanos en Estados Unidos abre una interrogante que trasciende la política: ¿se debilitarán también los movimientos ultraconservadores que pretenden devolver a las mujeres al hogar, subordinadas al esposo y reducidas a su función reproductiva? No lo creo. Y les diré por qué.
Las elecciones pueden cambiar gobiernos, mayorías legislativas y equilibrios de poder, pero no puede cambiar mentalidades. Eso toma mucho más tiempo. La derrota sufrida por los republicanos en las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre plantea una pregunta particularmente importante para las mujeres: ¿representa también un rechazo al pensamiento retrógrado que pretende devolvernos a la cocina, a la maternidad obligatoria y a la obediencia conyugal?
Durante los últimos años, Estados Unidos ha sido escenario del fortalecimiento de movimientos que presentan como ideal femenino una mujer dedicada exclusivamente al hogar, responsable de criar numerosos hijos, atender a su esposo y renunciar a sus aspiraciones profesionales. Respeto a todas aquellas que por voluntad propia y convencimiento se dediquen a ser administradoras y cuidadoras de sus hogares a tiempo completo. Lo preocupante no es que algunas mujeres elijan libremente ese proyecto de vida, sino que determinados sectores pretendan convertirlo en un modelo obligatorio para todas.
El movimiento tradwife, abreviatura de traditional wife (esposa tradicional), ha encontrado en algunos políticos y en las redes sociales un poderoso escaparate. Sus promotoras exhiben una vida doméstica idealizada, donde la felicidad femenina parece depender de cocinar, limpiar, criar hijos y complacer al marido. Aunque no todas sus participantes comparten una agenda política, algunos sectores vinculados a esta tendencia defienden abiertamente los roles tradicionales de género.
A esta corriente se suman sectores del nacionalismo cristiano, que promueven una organización familiar basada en jerarquías religiosas y una interpretación patriarcal de las relaciones entre hombres y mujeres. También figura el pronatalismo conservador, que considera el aumento de los nacimientos una prioridad cultural o nacional y asigna a las mujeres una responsabilidad especial en ese objetivo. La maternidad deja entonces de entenderse como una decisión personal para convertirse en una supuesta obligación social.
No todos estos movimientos son iguales ni comparten idénticas propuestas, pero coinciden algunos de sus sectores en una peligrosa aspiración: limitar la autonomía femenina y recuperar estructuras de poder que las conquistas feministas han cuestionado durante generaciones.
Con una buena dosis de pesimismo, pero aferrándome a una pequeña esperanza, me atrevo a formular una pregunta retórica: ¿podría el retroceso electoral republicano debilitar también estas corrientes conservadoras? Mucho me temo que la respuesta difícilmente será afirmativa. Los movimientos ideológicos no desaparecen simplemente porque sus aliados políticos pierdan unas elecciones. Mantienen intactas sus estructuras organizativas, fuentes de financiamiento, plataformas digitales, redes religiosas y una considerable capacidad para influir en la opinión pública. Peor aún, pueden radicalizar sus posiciones cuando interpretan una derrota electoral como una amenaza a sus valores y creencias, convirtiendo el revés político en combustible para fortalecer sus convicciones más retrógradas.
Pero las elecciones también envían mensajes (esta es la parte positiva): si los sectores conservadores pierden capacidad legislativa, podrían encontrar mayores obstáculos para restringir derechos reproductivos, desmantelar políticas de igualdad o imponer visiones tradicionales de la familia desde las instituciones públicas.
Sería ingenuo interpretar cada voto contra los republicanos como un voto feminista. Las motivaciones electorales son múltiples. Sin embargo, tampoco debemos ignorar que los derechos de las mujeres forman parte de la disputa cultural y política estadounidense.
Finalmente, espero que la derrota electoral de los sectores más conservadores pueda representar un respiro para los derechos de las mujeres, pero de ninguna manera significa que la batalla por la igualdad esté ganada. Durante los próximos años, podrán contar con un Congreso de posiciones más liberales, sin embargo, las ideologías que pretenden devolverlas a los roles tradicionales no desaparecerán por el resultado de unas elecciones.





































