Hace cuatro años el mundo cambió con ChatGPT como punta de lanza. Como era de esperarse, la inteligencia artificial de fácil uso, a la mano de cualquier persona con un dispositivo móvil o una computadora, marcó un antes y un después en la manera en que, como seres humanos, aprendemos, nos comunicamos y, en términos generales, funcionamos.
Los LLMs, por sus siglas en inglés, tomaron de frente e improviso a las escuelas, universidades y centros de trabajo, a una velocidad trepidante que aún hoy nos desestabiliza.
ChatGPT se acompañó de Claude, Meta AI, Grok, Gemini y un sinfín de soluciones que, de una u otra forma, emplean modelos de lenguaje de gran tamaño para facilitarnos la vida.
¡Y sí que lo han hecho! Pero también el riesgo, altísimo y para la mayoría, es que se pierda el control sobre la calidad, el conocimiento y el desarrollo humano en una esfera personalísima.
Ya los investigadores académicos del MIT nos han contado cómo el uso de la inteligencia artificial tiene un impacto cognitivo y afecta las habilidades de pensamiento crítico.
Mientras otros, como mi hermano Felipe (University of Pennsylvania), se han enfocado en el abordaje ético del uso de la inteligencia artificial y en cómo cambia la perspectiva de los jóvenes según su involucramiento en la creación de modelos de lenguaje.
Sin el rigor académico, pero con mi perspectiva de científico social y mi experiencia empírica en el día a día de trabajo con cientos de ejecutivos y oficinistas, los modelos de lenguaje – y hago a propósito la diferenciación respecto de la inteligencia artificial como un todo – son una espada de doble filo para cada individuo.
Me fascina, en cada interacción con mi equipo de trabajo o con el de mis clientes, identificar cómo y cuándo utilizan un motor de inteligencia artificial.
También disfruto de leer más allá de lo que me dicen en las entrevistas de trabajo.
Me apasiona – para bien o mal – descubrir los buenos usos y los horrores que cada ser humano que me rodea hace a través de sistemas de chat con inteligencia artificial y cuando alguien me pregunta:
- ¿Y usted, qué piensa sobre la inteligencia artificial?
Mi respuesta va desde “la odio” hasta “es una maravilla, vea esto que acabamos de hacer”. Por supuesto, la respuesta depende del ámbito y del momento de la pregunta, así como de mis últimas experiencias al respecto.
Quizás lo que quiero decir es que, como toda tecnología, no es mala en sí. Sí, me preocupa muchísimo el desarrollo que vaya a tomar esa guerra por el “AI Frontier” y las consecuencias éticas, ambientales y operativas que conlleva… Pero, sobre todo, y en el cortísimo plazo, me sorprende lo mucho que algunos le sacan provecho y me preocupa en sobremanera cómo, más bien, para otros, los modelos de lenguaje son la antesala de su fin del mundo laboral.
Recopilé algunos escenarios en los que el uso de modelos de lenguaje me ha sorprendido, para bien o para mal, y que me invitan a reflexionar sobre nuestras posiciones individuales y empresariales respecto a esta tecnología.
Sufro en sobremanera los “ChatGPT-iers”. Llamo así a aquellas personas que, sin ningún nivel de pensamiento crítico, utilizan este modelo o cualquier otra herramienta de IA como la fuente mágica e insaciable de sabiduría.
Consumen a tropel su contenido y lo comparten o lo utilizan en su día a día sin ningún tipo de filtro, análisis ni pensamiento crítico. ¿Verificación de fuentes? ¿Qué es eso?
Son aquellos que, por escrito, nos pueden sorprender con sus respuestas, pero luego, en una conversación, nos damos cuenta de que, en realidad, no tienen contenido intelectual. En el ámbito de los negocios, fue un simple copiar y pegar del motor de IA.
Así nos hemos topado con consultores que se vendieron muy bien en sus procesos de reclutamiento y generaron un sinsabor respecto de sus conocimientos y de sus interacciones humanas durante el periodo de prueba en GCI.
En las entrevistas de reclutamiento, ahora dedico bastante tiempo y análisis para identificar la postura del candidato respecto a los LLMs y el tipo de uso que les da. Es interesante cómo el discurso inicial va cambiando a lo largo de la entrevista, pero es necesario hacerlo para conocer realmente su posición.
También recuerdo uno que otro caso en el que los requerimientos de los clientes parten de una base falsa o de un planteamiento erróneo, producto de la inteligencia artificial.
A estos no los categorizo como ChatGPT-iers; son un fenómeno distinto del que yo también formo parte. Las conversaciones con motores de inteligencia artificial ahora son un insumo de altísima relevancia en el proceso del “momento cero de la verdad” al comprar productos o servicios.
¡Lo que son es un reto! Hemos tenido que adaptar nuestras respuestas e incluso nuestros servicios con base en ello.
Pasar de planear una estrategia fiscal a revisar lo que un LLM propuso y a brindar correcciones o propuestas de mejora. Brindar una opinión tributaria que luego es cuestionada por una inteligencia artificial, o defender un proyecto que, a criterio del LLM, está incompleto porque el robot no consideró las limitaciones planteadas en la oferta. ¡En fin! Cosas de todos los días en este mundo de la consultoría.
Pero las interacciones entre humanos y los GPTs no se limitan ahí.
Me da muchísima gracia ver conversaciones entre algunos miembros de mi equipo y mis clientes en las que, como periodista, identifico formas gramaticales típicas de un GPT, o más bien atípicas para esa persona redactora… ¡Y sueño con posibilidades!
Las posibilidades de que dos personas logren una mejor comunicación gracias a la tecnología, en particular en temas complejos, me parecen más que bienvenidas.
Sin embargo, debo aceptar que me preocupa si, en realidad, lo que sucede es que dos modelos de lenguaje estén hablando entre sí, sin que medie ningún análisis por parte de los remitentes humanos.
Y realmente disfruto, me emociono y me sorprendo cuando encuentro excelentes usos de la inteligencia artificial y de los modelos de lenguaje por parte de mi equipo.
¡Es sorprendente cómo algunas compañeras recurren a GPTs para encontrar soluciones complejas mediante hojas de cálculo en Excel! O revisar, junto con el equipo, cómo las automatizaciones de inteligencia artificial nos permiten minimizar el error humano en procesos recurrentes y extensos. Lo interesante, sobre todo, son los procesos de validación que ejecutan para evitar errores por alucinaciones o falsos positivos del motor de IA.
La semana anterior disfruté de ver el proceso de definición de alcance para una propuesta de consultoría. En consultoría todo es tan abstracto que las propuestas pueden ser muy, muy amplias y extensas.
El consultor, un consultor senior y director de proyectos, me hizo parte del proceso de definición de una oferta para un análisis de viabilidad de un proyecto de un cliente. Partimos de algunos textos de peloteo con un GPT y debo confesar que me sentí inseguro sobre lo que saldría al final. Los insumos que me compartía eran textos muy completos, pero clarísimamente elaborados por motores de modelos de lenguaje.
¡El resultado final —la oferta de servicios— me sorprendió!
Pasamos de esos insumos machotes de inteligencia artificial a un texto muy completo, profesional y, sobre todo, concienzudo sobre la oferta de servicios. Una oferta a la medida, de la que estoy seguro, no existirá igual para otro cliente, ni mucho menos algo similar hecho por un GPT.
Esta experiencia me demuestra, para bien, que los modelos de lenguaje son un buen insumo en nuestro día a día laboral.
Esta catarsis, más que sentar cátedra, es una invitación a la reflexión personal. ¿Cómo estamos utilizando la inteligencia artificial y los modelos de lenguaje? ¿Qué tan críticos somos con las respuestas que recibimos? ¿Estamos conscientes de que nuestra contraparte humana muy probablemente sabe que estoy utilizando inteligencia artificial para darle respuesta? ¿Qué reglas me estoy poniendo, le estoy poniendo a la IA y le estoy poniendo a mi equipo?
¿Estoy cediendo ante la tecnología en mi capacidad cognitiva y de razonamiento lógico?




































