Cuando la tecnología desaparece y aparece la experiencia
Durante décadas, la tecnología ha transformado nuestra manera de trabajar, aprender y relacionarnos. El teléfono redujo las distancias, internet cambió el acceso al conocimiento, los dispositivos móviles nos permitieron trabajar desde prácticamente cualquier lugar y, más recientemente, la inteligencia artificial está acelerando todavía más esa transformación.
Sin embargo, hay otra consecuencia de esta evolución de la que hablamos mucho menos:
cuando cambia nuestra manera de hacer las cosas, también cambia nuestra relación con los espacios donde las hacemos.
Durante mucho tiempo existió una asociación relativamente clara entre actividad y lugar. Íbamos a una oficina para trabajar, a una universidad para aprender, a una biblioteca para acceder al conocimiento y a un laboratorio para experimentar.
La tecnología ha ido rompiendo progresivamente esas asociaciones.
Hoy podemos participar en una reunión desde cualquier país, aprender desde nuestra casa, colaborar en tiempo real sobre un documento o acceder desde un teléfono a una cantidad de información que hace algunas décadas habría requerido visitar varias bibliotecas.
La inteligencia artificial representa simplemente una nueva aceleración de este fenómeno. Muchas actividades que antes necesitaban personas, herramientas y espacios específicos pueden ahora realizarse desde una computadora.
Y entonces aparece una pregunta interesante:
si cada vez necesitamos menos un lugar específico para realizar una tarea, ¿para qué seguimos necesitando espacios físicos?
Ahí aparece lo que podríamos llamar la paradoja espacial de la tecnología: precisamente porque podemos hacer cada vez más cosas desde cualquier lugar, los momentos en que decidimos encontrarnos físicamente pueden volverse cada vez más valiosos.
Esto no significa que necesitemos más espacios. Significa que necesitamos mejores razones para ocuparlos.
Durante buena parte de la historia moderna diseñamos espacios alrededor de funciones. La fábrica organizaba personas alrededor de máquinas, la oficina alrededor de escritorios y el aula alrededor de una fuente principal de conocimiento.
Pero cuando muchas de esas funciones dejan de depender de un lugar, el propósito del espacio comienza a cambiar.
Una oficina ya no puede justificar su existencia solamente porque allí se pueda trabajar. Una universidad no puede depender únicamente de que allí se encuentre el conocimiento. Una biblioteca ya no es relevante simplemente porque almacena información.
Su valor comienza a desplazarse de facilitar una tarea a facilitar una experiencia.
El Gensler Research Institute viene estudiando precisamente esta transformación. Su Global Workplace Survey 2026, realizado con 16.459 trabajadores de oficina en 16 países, encontró algo interesante: los usuarios más intensivos de inteligencia artificial dedican menos tiempo al trabajo individual y más al aprendizaje y la socialización. Además, reportan relaciones más fuertes con sus equipos.
Es una señal importante porque cuestiona la idea de que más tecnología necesariamente significa menos contacto humano.
Quizá ocurre algo diferente:
la tecnología no elimina nuestra necesidad de encontrarnos; cambia la razón por la que queremos hacerlo.
Y eso transforma también la manera de pensar los espacios.
Durante años asociamos un espacio tecnológicamente avanzado con pantallas, sensores, automatización y dispositivos. Pero quizá la verdadera madurez tecnológica ocurre cuando dejamos de notar la tecnología.
Cuando funciona silenciosamente en segundo plano y permite que nuestra atención regrese hacia las personas y las experiencias.
Entonces las preguntas de diseño cambian.
Ya no se trata solamente de dónde colocar una pantalla o cómo conectar una sala de reuniones. Se trata de preguntarnos dónde ocurre una conversación espontánea, dónde podemos aprender observando a otra persona, dónde podemos experimentar, dónde puede surgir un encuentro inesperado o dónde una idea puede convertirse en algo tangible.
El espacio deja de ser únicamente un contenedor de actividades y empieza a convertirse en un catalizador de comportamientos.
Esto resulta especialmente importante cuando pensamos en cómo aprendemos.
No todo el conocimiento está escrito.
Podemos documentar procedimientos, metodologías y procesos, pero existen muchas cosas que aprendemos solamente a través de la convivencia: observando cómo alguien resuelve un problema, participando en una conversación, haciendo preguntas, equivocándonos juntos o simplemente compartiendo una mesa.
Es lo que conocemos como conocimiento tácito.
La tecnología es extraordinariamente eficiente almacenando, organizando y distribuyendo conocimiento explícito. La inteligencia artificial lleva esa capacidad todavía más lejos.
Pero precisamente por eso, aquello que no puede documentarse fácilmente empieza a adquirir mayor valor.
El espacio físico puede convertirse entonces en una infraestructura fundamental para que ese conocimiento circule. Una investigación complementaria de Gensler señala que los trabajadores orientados al aprendizaje tienden a experimentar más con nuevas formas de trabajar y que buena parte de ese aprendizaje ocurre de manera informal: observando a colegas, haciendo preguntas espontáneas y compartiendo descubrimientos en tiempo real.
Esta transformación también está borrando algunas fronteras tradicionales. Las oficinas empiezan a parecerse un poco más a escuelas porque aprender se ha convertido en una parte permanente del trabajo. Y las universidades empiezan a parecerse menos a conjuntos de aulas tradicionales porque una explicación o una clase pueden consumirse digitalmente desde casi cualquier lugar.
En ambos casos aparecen con mayor importancia espacios para experimentar, colaborar, construir, conversar y aprender haciendo.
Gensler plantea algo similar en educación: conforme la IA personaliza parte de la enseñanza y automatiza aprendizajes rutinarios, los campus pueden concentrarse más en aquello que estas tecnologías no hacen con facilidad: fomentar colaboración, comunidad y creatividad. Bibliotecas, incubadoras, makerspaces y otros third spaces adquieren así una nueva relevancia.
Quizá deberíamos dejar de pensar exclusivamente en categorías como oficina, universidad o laboratorio y comenzar a imaginar ecosistemas para aprender, crear y relacionarnos.
Porque a medida que la tecnología facilita las tareas funcionales, aumenta la responsabilidad del espacio físico.
Si alguien tiene que desplazarse para llegar a una oficina, una universidad o un centro de innovación, ese lugar debería ofrecer algo que difícilmente pueda encontrar frente a una pantalla: una conversación que no habría ocurrido, una persona de quien aprender, una idea inesperada, un experimento, una relación o simplemente una sensación de pertenencia.
Durante años imaginamos que cuanto más avanzara la tecnología, menos importante sería el espacio.
Tal vez terminemos descubriendo exactamente lo contrario.
El futuro de nuestros espacios probablemente no estará definido por cuánta tecnología podamos introducir en ellos, sino por qué tan bien podamos utilizarla para que, cuando decidamos encontrarnos, podamos concentrarnos en aquello que realmente importa.
Y quizá la pregunta que debería orientar esa nueva generación de espacios sea muy sencilla:
si la tecnología nos permite hacer cada vez más cosas desde cualquier lugar, ¿qué debería ocurrir cuando decidimos estar juntos?
● Gensler Research Institute, Global Workplace Survey 2026.Gensler● Gensler, The Human Side of AI: What Power Users Are Telling Us About the Workplace, 2026.Gensler● Gensler, A New Value for the Workplace in an Era of AI, 2026.Gensler● Gensler, More Human, Not Less: Rethinking the Office with AI, 2026.Gensler● Gensler, Education — Expertise y Designing Campus Spaces for Tomorrow’s Workers in the Age of AI.





































