Confieso que me cuesta comprender cómo, en pleno 2026, cuando buena parte del mundo desarrollado discute cómo reducir el tiempo dedicado al trabajo sin sacrificar productividad, Costa Rica insiste en caminar en dirección contraria.
Desde este martes 11 de agosto, el expediente 24.290, denominado Establecimiento de jornadas laborales excepcionales para casos determinados que sean excepcionales y muy calificados, (conocido como proyecto de jornadas 4 x 3) volvió a ocupar un lugar prioritario en el Plenario Legislativo, donde los diputados retomaron la discusión de los miles de mociones presentadas.
Y vuelvo a estar en desacuerdo. Y vuelvo a escribir en contra del proyecto. No porque me oponga a la modernización de la legislación laboral ni porque crea que todas las actividades económicas deben funcionar bajo idénticos horarios. Comprendo perfectamente que existen industrias que operan las 24 horas y requieren esquemas especiales.
Mi oposición nace de una pregunta mucho más elemental: ¿modernizar significa trabajar hasta 12 horas al día? Para mí, no. Me parece, por el contrario, una propuesta anacrónica frente a la dirección que está tomando una parte importante del mundo desarrollado. Mientras otros reducen, nosotros ampliamos. Miremos los datos.
Eurostat informó que en 2025 las personas ocupadas de entre 20 y 64 años trabajaron en promedio 35,9 horas semanales en su empleo principal en la Unión Europea. En Países Bajos el promedio fue de apenas 31,9 horas semanales; en Dinamarca y Alemania, 33,9 horas; y en Austria, 34 horas. Como observarán estamos hablando precisamente de países desarrollados, con excelentes índices de desarrollo humano. Entonces vale la pena preguntarnos: ¿por qué Costa Rica considera progreso extender las jornadas diarias cuando algunas de las sociedades con mayor desarrollo humano del planeta trabajan, en promedio, considerablemente menos horas?
Después de un siglo de automatización, computadoras, inteligencia artificial, robótica, digitalización y enormes avances tecnológicos, me resulta difícil aceptar que nuestra gran innovación laboral consista en regresar a jornadas de 12 horas. Además, existe una confusión que considero fundamental aclarar. Una cosa es la semana laboral reducida de cuatro días que está siendo estudiada y experimentada internacionalmente y otra muy diferente es comprimir muchas horas de trabajo en cuatro jornadas extensas.
La investigación internacional publicada en Nature Human Behaviour en 2025 estudió a 2.896 trabajadores de 141 organizaciones de Australia, Canadá, Irlanda, Nueva Zelanda, Reino Unido y Estados Unidos. El experimento redujo el tiempo de trabajo manteniendo el salario y encontró mejoras en agotamiento, satisfacción laboral, salud mental y salud física. Eso sí me parece mirar hacia el futuro.
Unido a lo anterior, no conozco ninguna evidencia científica suficientemente sólida que permita afirmar, como regla general, que convertir la jornada ordinaria en jornadas de 12 horas aumentará por sí mismo la productividad de los trabajadores. Más hora concentrada en menos días no es vinculante al aumento de producción.
Pero existe otra dimensión que me preocupa especialmente: las mujeres, la razón principal por las que me animo a escribir esta columna. Las leyes laborales no pueden redactarse imaginando que las personas trabajadoras existen aisladas de sus familias. ¿Quién recoge a una niña de la escuela si su madre mantiene una jornada de 12 horas? ¿Quién prepara la cena? ¿Quién cuida a un adulto mayor? ¿Quién acompaña a una persona enferma? ¿Quién asume las emergencias familiares durante esas doce horas? La respuesta fácil si esas responsabilidades correspondieran tanto a hombres como a mujeres, pero una ley debe legislar para el país que tenemos mientras trabajamos para construir el que queremos. Y en Costa Rica las mujeres continúan soportando una parte desproporcionada del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado.
La propia UNED, al pronunciarse contra el expediente 24.290, advirtió que las jornadas prolongadas podrían incrementar la carga de trabajo doméstico no remunerado de las mujeres y limitar su bienestar y su tiempo personal.
Hay además una realidad práctica que no podemos ignorar. Costa Rica no posee todavía una infraestructura universal de cuidados capaz de acompañar semejante transformación laboral. ¿Hasta qué hora permanecen abiertas las guarderías? ¿Existen centros de cuido nocturnos suficientes? ¿Tenemos transporte público eficiente, seguro y frecuente para una mujer que termina de trabajar a las nueve, diez u once de la noche?
¿Qué sucede si vive lejos de su centro laboral y todavía debe desplazarse durante una o dos horas?
No podemos aprobar primero jornadas extraordinariamente extensas y después preguntarnos cómo harán las familias para organizar sus vidas alrededor de ellas.
Tres días libres tampoco resuelven todo. Los defensores del 4x3 argumentan que, a cambio, la persona tendrá tres días libres. Suena atractivo, pero esos tres días no eliminan las consecuencias familiares de los otros cuatro. Un niño necesita que alguien lo recoja el martes aunque su madre vaya a estar libre el viernes. Una guardería debe permanecer abierta el miércoles por la noche aunque el trabajador descanse sábado, domingo y lunes. El transporte tiene que existir a la hora exacta en que termina el turno. La conciliación entre trabajo y familia no puede calcularse únicamente sumando días libres. También depende de cómo se distribuyen las horas durante cada día.
Estoy consciente de que Costa Rica necesita aumentar su productividad. En eso probablemente todos coincidimos, pero precisamente por eso deberíamos discutir seriamente cómo hacerlo.
Necesitamos mejor educación, infraestructura, transporte público, conectividad, tecnología, formación técnica, innovación, digitalización, inteligencia artificial, procesos empresariales eficientes y trabajadores capacitados. Eso es productividad. No confundamos productividad con cantidad de horas concentradas en determinados días. Un trabajador que necesita doce horas para producir lo que otro consigue en ocho no es necesariamente más productivo porque haya permanecido cuatro horas adicionales en su puesto. La verdadera propuesta debería ser cómo estimular la capacidad de producir por cada hora trabajada.
Cierro mi diatriba recalcando que no estoy en contra de las necesidades de las empresas, por el contrario, estoy a favor de encontrar soluciones que consideren simultáneamente productividad, competitividad y calidad de vida, pero me niego a aceptar que tengamos que escoger entre desarrollo económico y bienestar humano. El progreso debería permitirnos trabajar mejor para vivir mejor, porque después de más de un siglo de avances tecnológicos, sociales y económicos, doce horas trabajando no me parecen el futuro. Me recuerdan demasiado al pasado.





































