Rodrigo Chaves y Laura Fernández llegaron a la Presidencia bajo el mismo proyecto político. Comparten buena parte de su visión de gobierno y un estilo confrontativo. Si revisamos sus primeros 145 días, ambos acumulan errores, desaciertos, contradicciones y controversias. Sin embargo, tenía la percepción de que las críticas hacia doña Laura eran más frecuentes y severas, como si algo cambiara cuando quien ocupa la silla presidencial es una mujer. Los datos publicados por el Observatorio de Comunicación Digital parecen respaldar esa percepción: la presidenta ha recibido un porcentaje significativamente mayor de menciones negativas que su predecesor durante períodos comparables. El dato no demuestra por sí solo que la diferencia obedezca al género, pero sí plantea una pregunta inevitable: ¿estamos mirando con la misma lupa los errores de una presidenta que los de un presidente?
Quiero precisar que no me interesa defender la postura de Laura Fernández en ninguno de los temas en los que presuntamente ha fallado, ni justificar sus errores. Tampoco pretendo minimizar los desaciertos de Rodrigo Chaves. Quien ocupa la Presidencia debe rendir cuentas, independientemente de su sexo. Mi punto es otro: ¿juzgamos con la misma vara a una presidenta que a un presidente?
Chaves comenzó su gobierno con errores en decretos, confusión en nombramientos, anuncios que no pudieron ejecutarse como fueron presentados y posteriores controversias por sus enfrentamientos con el Poder Judicial, la prensa y otras instituciones. Fernández también ha cometido errores y protagonizado controversias. Todo eso debe fiscalizarse. Lo que cuestiono no es la crítica, sino la diferencia en intensidad, frecuencia y lenguaje cuando la persona cuestionada es una mujer.
Está demostrado con estudios de relevancia, como el de Annie Jarman, de Washington University in St. Louis, publicado en 2026 en el British Journal of Political Science, que analizó tres millones de menciones en redes sociales dirigidas a representantes políticos, que la crítica a mujeres en cargos públicos similares a los de hombres son más agudos y viperinos. Encontró que las mujeres con mayor visibilidad pública recibían casi el doble de ataques específicamente relacionados con su género que los hombres, aunque el volumen general de hostilidad fuera similar. Los ataques contra ellas recurrían con mayor frecuencia a insultos, estereotipos y referencias a su apariencia o condición de mujer.
No es un fenómeno aislado. Investigaciones de las politólogas Mona Lena Krook y Juliana Restrepo Sanín han documentado internacionalmente que la violencia contra las mujeres en política incluye formas psicológicas y simbólicas destinadas a cuestionar su legitimidad y capacidad para ocupar espacios tradicionalmente masculinos. También tenemos evidencia regional reciente, la de un monitoreo de ONU Mujeres en Chile que encontró que, durante una precampaña presidencial, 7 de cada 10 mensajes violentos en X estuvieron dirigidos contra candidatas mujeres.
Un buen ejemplo es el tema de ir de compras durante un viaje presidencial, como lo hizo en Colombia doña Laura, que no constituye ni una irresponsabilidad ni una extravagancia inédita. Bill Clinton, siendo presidente de Estados Unidos, aprovechó una visita de Estado a Irlanda para comprar en Brown Thomas, una de las tiendas de lujo más conocidas de Dublín. George W. Bush, también durante su presidencia, visitó una reconocida tienda de perlas en Beijing. La pregunta, nuevamente, no es si una presidenta puede ser cuestionada por el uso de su tiempo durante una gira oficial, sino si aplicamos la misma lupa cuando quien hace una parada en una tienda es un hombre.
No puedo pasar por alto las críticas a la expresidenta Laura Chinchilla. Durante su Presidencia fue fiscalizada, como correspondía, pero también recibió críticas particularmente agresivas, hirientes, maliciosas y despiadadas similares a las que recibe la actual presidenta. Muchas veces parecía que no solo se juzgaban sus decisiones: se juzgaba a la mujer que las tomaba. Más de una década después debemos preguntarnos si realmente hemos avanzado.
La perspectiva de género jamás puede convertirse en un escudo para proteger a una mandataria. Todo gobernante, indistintamente de que sea hombre o mujer, debe responder por cada decisión equivocada y enfrentar la crítica con la rigurosidad que exige la investidura de su cargo. Pero una mujer que llega al poder también tiene derecho a que sus actuaciones sean medidas con la misma vara y juzgadas con los mismos criterios que las de sus pares varones, sin que su género añada una carga adicional de burla, descalificación o violencia.
Finalizo aclarando que criticar no es violencia política. Fiscalizar tampoco. Pero cuando ante errores comparables una mujer recibe mayor burla, desprecio, descalificación personal y ataques relacionados con su género, debemos reconocer que puede estar operando algo más que la crítica política. Porque igualdad también significa igualdad para equivocarse. Ni menos crítica por ser mujer, ni más castigo por serlo.



































