Que una mujer pueda dirigir por primera vez la ONU es histórico. Pero la candidatura de Rebeca Grynspan debe valorarse también por su experiencia, capacidad de negociación y condiciones para liderar en uno de los momentos más complejos del escenario internacional.
Durante más de 80 años, nueve hombres han ocupado la Secretaría General de las Naciones Unidas. Nunca una mujer. La posibilidad de que la costarricense Rebeca Grynspan rompa finalmente ese techo de cristal merece celebrarse, pero reducir su candidatura a una reivindicación de género sería minimizar su trayectoria.
Grynspan ha sido vicepresidenta de Costa Rica, ministra, secretaria general iberoamericana, alta funcionaria del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y actualmente dirige la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), donde también hizo historia al convertirse en la primera mujer en ocupar la Secretaría General.
Su experiencia abarca economía, desarrollo, cooperación internacional y, sobre todo, algo indispensable en estos tiempos: la capacidad de negociar y construir consensos entre países con intereses y posiciones políticas diferentes.
Su candidatura ha trascendido fronteras y líneas políticas internas. Medios internacionales como Reuters, AP, El País, AFP, EFE y Euronews siguen de cerca su avance, mientras sucesivos gobiernos costarricenses han sostenido su postulación.
Quizás nunca haya sido tan necesario preguntarnos qué tipo de liderazgo necesita Naciones Unidas. Vivimos guerras, crisis humanitarias, desplazamientos, tensiones entre potencias y un debilitamiento del multilateralismo. Paralelamente, gobiernos y movimientos conservadores han ganado espacio con posiciones diversas frente a los derechos humanos, la igualdad y las conquistas alcanzadas por las mujeres.
Que una mujer dirija por primera vez la ONU tendría una enorme fuerza simbólica. Más aún si esa mujer proviene de Costa Rica, un país pequeño, sin ejército desde 1948, con una democracia históricamente consolidada y que dio al mundo un presidente galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Un país que ha construido buena parte de su prestigio internacional sobre la paz, el diálogo y el respeto a los derechos humanos, valores que esperamos preserve y fortalezca frente a cualquier intento de debilitarlos.
Pero el valor de esta candidatura va mucho más allá de su dimensión simbólica. La igualdad que hemos reclamado exige mujeres que lleguen a los espacios de poder por su preparación, experiencia y capacidad para ejercerlo.
Rebeca Grynspan representa precisamente esa aspiración: que las mujeres lleguen a los más altos espacios de poder no por una concesión de género, sino por su preparación, experiencia y capacidad para ejercer el liderazgo. Su trayectoria le ha dado las credenciales para asumir uno de los mayores desafíos de la diplomacia mundial. Si obtiene los respaldos necesarios y llega a la Secretaría General de las Naciones Unidas, lo hará por sus propios méritos. Que, además, sea mujer y costarricense, ¡haría historia!


































