Si la Selección Nacional no se “pone las pilas”, cambia de actitud y se pone a jugar buen fútbol, perfectamente puede despedirse esta noche del Mundial de Fútbol 2026.
Si menosprecia al rival como lo hizo con Nicaragua, si creen sus jugadores que van a derrotar a Haití por lo sucedido en Brasil 14 o si consideran que basta el uniforme y la historia para vencer a un rival que suma 50 años de no asistir a una Copa del Mundo, están bien equivocados.
Y lo vamos a adelantar.
Si Costa Rica le juega a Haití como lo hizo frente a Nicaragua, nos van a pasar por encima, nos van a derrotar y dejarán a la tricolor contra las cuerdas y al borde del K.O. en el Grupo.
Haití no goleó a Honduras el pasado viernes por obra y gracia del Espíritu Santo, probablemente fanático de los catrachos. El equipo que entrena el técnico francés Sébastien Migné, fue un vendaval que le pasó por encima a la nómina de Reinaldo Rueda y no la despedazó por falta de puntería o por no cerrar el último pase.
El seleccionado haitiano está repleto de estrellas, legionarios que se lucen en la segunda división de Francia, el volante Jean Bellegarde en la Premier League, cinco jugadores en la MLS, dos en Canadá.
Todos los integrantes del seleccionado son legionarios: Nazon, Ade, Pierrot, el veterano portero y capitán, John Placide del Bastia francés, Picault, compañero de Messi en el Inter Miami y varias figuras más.
Miguel Herrera perdió la batalla estratégica con el “Fantasma” Marco Figueroa ante Nicaragua y hoy tiene prueba de fuego frente a Haití.
La defensa central de la Tricolor es lenta: Vargas, Calvo y Gamboa no son rápidos y por ahí, Haití puede montar la fiesta. Costa Rica no tiene un 10 y genera poco fútbol ofensivo.
Orlando Galo no tiene competencia: con Celso Borges, Jefferson Brenes y Allan Cruz en el equipo, tendría que reactivarse. Manfred Ugalde no debería jugar de 10 si es 9 y Carlos Mora ser atacante y no flojo defensor.
El juego contra Haití es clave; es determinante. O se gana o nos despedimos temprano del Mundial y Miguel Herrera tiene el deber de resucitar y levantar a ese equipo agonizante y dormido que se presentó en Managua.





































