Inicié esta columna preguntándole al ChatGPT si el feminismo en algún lugar del mundo ha provocado guerras, golpe de estado, esclavitud, violación de derechos humanos, corrupción. Esta fue la respuesta:
No existe evidencia histórica sólida de que el feminismo, entendido como movimiento político y social orientado a la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, haya provocado por sí mismo una guerra, un golpe de Estado, un sistema de esclavitud, un genocidio o un régimen de corrupción.
Así es, el ChatGPT no se equivocó, porque la historia no registra guerras emprendidas para imponer el feminismo, pueblos esclavizados en su nombre, genocidios perpetrados para alcanzar la igualdad entre mujeres y hombres, territorios invadidos para conseguir el voto femenino ni golpes de Estado organizados para garantizar a las niñas el derecho a estudiar. El feminismo podrá ser cuestionado, como cualquier movimiento social, por sus corrientes, estrategias o contradicciones; pero sus grandes conquistas históricas han consistido fundamentalmente en ampliar derechos, no en arrebatarlos.
Si un movimiento que ha luchado principalmente por votar, estudiar, trabajar, poseer bienes, participar en política y vivir sin violencia genera semejante oposición, entonces ¿es realmente al feminismo a lo que se teme, o a las transformaciones sociales que produjo? Acertado la última parte de la pregunta. El feminismo amenaza a estructuras de poder, privilegios y modelos culturales que durante siglos parecieron intocables.
El feminismo cuestionó que las mujeres necesitaran permiso para decidir sobre sus vidas. Reclamó educación, voto, independencia económica, participación política, igualdad ante la ley y protección frente a la violencia. Y cada conquista modificó relaciones de poder profundamente arraigadas.
El feminismo ha cometido errores porque los movimientos sociales están formados por seres humanos. Pero cuando observamos su legado histórico predominante encontramos escuelas abiertas para las niñas, universidades accesibles para las mujeres, derechos laborales, participación política, protección frente a la violencia, autonomía económica, representación pública y mayores libertades individuales.
Si el feminismo no nació para conquistar países sino derechos; si no promovió genocidios sino educación; si no organizó golpes de Estado sino movilizaciones para conseguir ciudadanía; si no reclamó superioridad sino igualdad; si durante generaciones permitió que millones de mujeres pasaran de ser consideradas dependientes a reconocerse como ciudadanas, ¿por qué provoca tanto miedo? Hasta a algunas personas que defienden los derechos de las mujeres le da pena que le llamen feminista.
Acaso se trata de que a ciertos sectores les incomoda que existan más mujeres económicamente independientes, con voz propia, capacidad de decisión y libertad para cuestionar los roles que tradicionalmente le fueron asignados. También les preocupa que los hombres revisen modelos de masculinidad basados en autoridad, dominio y privilegios. Son estas algunas razones por las que varios movimientos ultraconservadores presentan hoy al feminismo como enemigo de la familia, de los hombres o de los valores tradicionales.
Por eso, cuando escucho decir que el feminismo constituye uno de los grandes peligros de nuestro tiempo, inevitablemente me hago una pregunta. ¿le temen realmente al feminismo o a una sociedad donde ser mujer ya no significa obedecer, depender ni callar? Respondan ustedes, lectores.





































