Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Martes 17 Junio, 2014

En cada ocasión que don Carlos Manuel Barrantes, propietario de Gilca, de grata memoria y su esposa Liliana Calderón me daban recados de que don Beto se expresaba muy bien de mí, me sentía muy halagado.
Ellos se reunían con don Alberto y otro selecto grupo de amigos a ver películas viejas y memorables, todos adictos y apasionados al sétimo arte.
El genial autor de Chisporroteos, columna de chispa, picante, polémica, escrita con la inteligencia y profundidad tan propias de su autor, fue mi profesor en la Escuela de Periodismo y fue en sus lecciones donde aprendí a valorar la tertulia, la anécdota, la historia y el razonamiento. Don Beto no impartía lecciones científicas; simplemente se sentaba a hablar con sus discípulos, charlas imaginativas, fantásticas, mágicas que impulsaban a sus alumnos a leer, a escribir y a conversar.
Tengo que confesar que mi primer contacto como lector con don Beto fue precisamente por el cine. Don Alberto fue muchos años crítico de cine de La Nación y firmó con el seudónimo de OM, que nunca pude descifrar. Indagué quien era OM y me dijeron que don Beto.
Luego siguió La Piapia, los Chisporroteos, sus funciones públicas, sus obras de teatro, sus cuentos, incluso su biografía cuando llegó a las 80 primaveras, un libro de sabrosísima lectura.
Lo he escrito con anterioridad, en pocas ocasiones he sentido un honor más grande en mi vida, que cuando Alberto Cañas escribió maravillas de mi libro testimonial Para Nunca Olvidar; el detalle que un intelectual de fuste como don Beto, lector de clásicos, devorador de libros, apasionado sin freno de la lectura, se haya expresado tan bien de mi modesto testimonio, me llenó de gozo y agradecimiento.
Por ahí escribía ocasionalmente que no era seguidor de los deportes, pero que leyendo La Nota de Tano en La República le era suficiente para estar al tanto. ¡Vaya honor!
Por temas políticos polemizamos, su declarada animadversión a los hermanos Arias Sánchez, a quienes este columnista admira y respeta nos ubicó de repente en aceras opuestas pero siempre privó el respeto en el intercambio de opiniones.
Se apagó el faro, desapareció la luz, se nos fue la chispa, se escapó el ingenio.
Costa Rica está en tinieblas; la política se llenó de sombras; el arte y la música cuelgan un lazo negro; la diplomacia gime de dolor. Se nos fue el renacentista, el humanista, el más monumental de nuestros intelectuales.
¡Murió don Beto!

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