Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Martes 8 Noviembre, 2016

Alice Bolaños y Francisco Escobar, los recordaremos siempre

Con Francisco Escobar Abarca compartí cinco de los años más hermosos de mi vida.
Gracias a doña Alice Bolaños de Thome me enamoré aún más del tenis. En estos días, descansaron en paz y rompieron mi alma.
Ese espíritu guerrero, esa gallardía en el rectángulo de tenis que los inmortalizó en una de las ediciones más bravías de la Copa del Café, de los hermanos Fred y Kenneth Thome no fue regalada. Fue heredada.
La sangre “jala” y la casta de campeones de este par de admirables profesionales, que le hacen honor al deporte de los caballeros, se heredó de su abuelo materno, don Hernán Bolaños, uno de los primeros legionarios del fútbol costarricense en Chile y desde luego de su madre, doña Alice, campeona nacional de tenis con una prestancia y elegancia en la cancha, que siempre nos hizo evocar a la dama profesional de este deporte tan hermoso, la señora Chris Evert.
Don Fred Thome fue muchos años presidente del Comité Organizador de la Copa del Café; su hijo menor Kenneth lo sustituyó con igual éxito en el puesto y doña Alice fue mano derecha de los dos.
La familia Thome Bolaños es una honra para el tenis costarricense y ser amigo cercano de ella, un privilegio y un regalo que nos dio la vida y nuestra profesión. Una campeona juega tenis en el cielo.
Y de Francisco…¿qué no se puede escribir de este académico espectacular?
Sociólogo de profesión, catedrático universitario, inundó durante su vida los medios de comunicación con su talento, faro de denuncia, de opinión certera, directa y valiente, de conocimiento total del tema.
Mi compañero de colegio, mi Bachiller Ángeles 60 debió ser Presidente de la República, pues reunía todas las cualidades del gran ciudadano. Miles de costarricenses, desde políticos, empresarios, estudiantes y obreros nos nutrimos de sus charlas y la riqueza de sus conocimientos.
Un salvaje atentado de unos delincuentes por poco terminan con su vida; el trágico evento lo alejó de los grandes escenarios y quizá por eso falleció injustamente en el olvido. Francisco merecía un retiro profesional más digno, más acorde con su aporte a la revolución intelectual de este país. Hace pocos meses me acompañó muchas horas a mi fiesta con la que celebré 30 años de sobriedad y estuvo radiante y feliz. Cantó, bailó y desde luego que se mandó el discurso de fondo, con su voz fuerte y sonora que ahora se apagó por siempre.