Carlos Denton

Carlos Denton

Enviar
Miércoles 30 Marzo, 2011


La adicción al uso del crédito


El uso del crédito se ha convertido en una adicción para muchos costarricenses y sus estragos son tan negativos como los que sufren otros toxicómanos; alcohólicos, drogadictos, y afines al juego. La adicción al uso del crédito en sus extremos puede llevar a la destrucción de la familia del adicto, a la caída en su salud física y mental, e incluso a la violencia con su pareja y al suicidio.
¿Cuántos adictos al uso del crédito pueden haber en el país? ¡Hay muchos! La noticia de la semana pasada de que las deudas en las tarjetas de crédito superan los 585 mil millones de colones (418 mil colones por cada habitante, incluyendo menores de edad) es apenas la punta del iceberg. Encima de estos montos están los créditos otorgados por los almacenes, por el Banco Popular, por las financieras cuando se compran automóviles, por las cooperativas y todo esto sin tomar en cuenta las hipotecas. La mayoría usa el crédito con moderación, pero miles abusan.
Las adicciones que afligen a tantos tienen tres etapas en común. Primero, cuando se comienza a usar el producto o servicio, la persona se siente altamente positiva; se siente eufórica y, por supuesto, quiere más.
Segundo, el uso ya es cotidiano, parte de la vida del adicto, y comienza a ser difícil visualizar una existencia sin la sustancia o la actividad.
Tercero, toma control el producto o actividad/servicio, y comienza a chupar la vida de la persona y de pronto termina destruyéndola.
Una persona adicta al uso del crédito es un esclavo; vive en una democracia pero no en libertad. Es buscada, acosada, y limitada en sus acciones, los patronos no la quieren emplear porque ya no es confiable. Para llegar a esta adicción tiene que haber mentido en solicitudes de crédito, es seguro que no ha pagado deudas, y en general es deshonesta en sus relaciones personales. ¡Es un paria!
En las familias donde el jefe de hogar o su cónyuge llegan a un estado avanzado de adicción al crédito se comienza a notar una merma significativa en la calidad y cantidad de la comida, los acreedores llaman día y noche exigiendo su pago, comienzan las notificaciones y no es inusual que se pierde la casa; terminan en una vivienda más pequeña alquilada. Si los niños estaban en colegio privado, de repente pasan a uno público cerca de la vivienda nueva.
Igual que se puede decir que los productores de bebidas alcohólicas no son responsables por la adicción de algunos a sus productos, y que los casinos no son culpables por los que pierden todo su patrimonio y terminan en la calle por el juego, también se puede argumentar que los bancos (principales emisores de las tarjetas de crédito) no son los causantes del abuso en el uso del crédito. Para otra columna será analizar instituciones que recaudan fondos de sus ahorrantes a tasas del tres por ciento anual y luego los prestan a tarjetahabientes al 42 por ciento; es legal lo que hacen, pero definitivamente hay cuestiones de moral que merecen ser examinadas.
Al final es correcto decir que nadie obliga a una persona a consumir “piedra,” tomar bebidas alcohólicas, jugar tragamonedas, o dar uso excesivo al crédito. Cada uno es responsable por sus acciones, y lo que es lamentable es lo que se llaman los “daños colaterales.” La sociedad como un todo paga por los últimos.

Carlos Denton
[email protected]