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Indígenas y ecología

Claudia Barrionuevo [email protected] | Lunes 13 febrero, 2012



Indígenas y ecología


Mientras algunos ciudadanos del mundo modernos, civilizados, cultos abogan por la defensa de nuestro planeta, educando sobre el reciclaje y evitando la contaminación ambiental (a veces proponiéndonos utilizar productos de limpieza carísimos o automóviles eléctricos inalcanzables por su precio), otros tradicionales, ancestrales, autóctonos aprovechan esa conciencia para intentar defender su propio espacio vital de los descalabros ecológicos que les imponen sus gobiernos.
Mientras algunos ciudadanos del mundo ambiciosos, liberales, poderosos abogan por el libre comercio y el derecho de imponer sus empresas químicas, mineras, abrasivas, donde se les dé la gana; otros ambiciosos, individualistas, arribistas— aprovechan estos intereses para ayudar a compañías multinacionales a imponerse en sus países y así brindarles a sus descendientes, no un mejor planeta, sino un mejor devenir económico.
Así navegamos entre los que defienden su territorio; quienes los apoyan porque su conciencia moral se los dicta; los que están dispuestos a ganar fortunas cueste lo que cueste y sus esbirros que, por cuatro pesos, los ayudan a evadir leyes o a crearlas, a avasallar individuos o pagar sobornos, a permitir atropellos en virtud de intereses individuales y no colectivos.
No deja de pasar. Aunque cada vez es más difícil disimular las matanzas, las torturas, las humillaciones (gracias a los avances tecnológicos) sigue habiendo países, gobiernos, instituciones, organismos que intentan (no siempre lo logran) justificar sus abusos.
Las cuatro partes de este conflicto ecológico-económico tienen argumentos válidos para defender sus intereses. El valor de las argumentaciones es, por supuesto, relativo. Depende de la perspectiva con la que se le mire. Están los que quieren ganar dinero (ese es su oficio), los que necesitan pelear por su espacio (esa es su historia), los que deben apoyar a quienes lo necesitan (esa es su ideología) y los que dependen de una compañía para asegurarse un futuro más venturoso (esa es su ambición).
Por supuesto que, dependiendo del pensamiento de cada individuo, podemos elaborar una posición al respecto. Estar a favor o en contra de todos, de algunos, de uno, de ninguno.
Pero como seres humanos: ¿podemos aplaudir el ahorcamiento jubiloso de Sadam Husein?, ¿los atentados del 11 de setiembre con sus cientos de muertos?, ¿las humillaciones de los prisioneros en Abu Ghraib?, ¿la represión contra los indígenas panameños?
En países democráticos la discusión, la negociación, las conversaciones entre partes, deben ser el primer camino. El segundo. El tercero. El único. Jamás la violencia.
No puede ser que nuestros indígenas, los auténticos habitantes de estas tierras, que tantos colonizadores, conquistadores e inmigrantes avasallaron, continúen siendo agredidos e ignorados.
No todos pensamos así. El Gobierno de Panamá no cree en el derecho de sus habitantes originales. Debería.

Claudia Barrionuevo
[email protected]

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