Quienes llevamos años trabajando por la igualdad de género sabemos que el debate rara vez se limita a las ideas. Con demasiada frecuencia termina convirtiéndose en un intento por desacreditar a quienes las defendemos. Cuando los argumentos escasean, aparecen las etiquetas.
Durante años nos llamaron "comunistas", como si defender la igualdad de oportunidades para las mujeres fuera patrimonio exclusivo de una ideología política. La realidad demuestra exactamente lo contrario. El machismo ha convivido cómodamente tanto en sistemas capitalistas como en regímenes comunistas. Ningún modelo económico ha tenido el monopolio de la igualdad ni de la discriminación. Las mujeres hemos tenido que luchar por sus derechos en democracias liberales, en dictaduras militares, en países socialistas y en economías de mercado. La igualdad de género no pertenece a la izquierda ni a la derecha; pertenece a los derechos humanos.
También nos han llamado ateas, antivida y enemigas de la familia por defender el derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos, a acceder a métodos anticonceptivos y a ejercer su autonomía reproductiva. Se pretende reducir un debate complejo a una caricatura moral, como si reconocer la capacidad de las mujeres para tomar decisiones responsables sobre su salud y su proyecto de vida equivaliera a despreciar la maternidad o el valor de la vida humana. Nada más alejado de la realidad. Defender la autodeterminación corporal no significa imponer decisiones, significa que cada mujer pueda tomarlas libremente, de acuerdo con sus convicciones, su conciencia y sus circunstancias, sin que el Estado, la religión o terceros decidan por ella.
Después llegó otra etiqueta aún más absurda: "feminazis". El término no solo es ofensivo, también es históricamente incorrecto. El nazismo fue un régimen totalitario basado en el racismo, la supremacía, la persecución y el exterminio sistemático de millones de personas. El feminismo, por el contrario, nació para cuestionar relaciones de poder y reclamar igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres. Equiparar ambos conceptos no solo carece de rigor intelectual, sino que además banaliza uno de los mayores crímenes de la historia de la humanidad.
Ahora surge un nuevo intento de descalificación: "sororidad selectiva". Confieso que cuando escuché por primera vez la expresión (una lectora lo escribió como comentario a la columna de título “No eres sorora”, 20 junio 2025), pensé que quizá sin proponérselo, quienes la utilizan estaban describiendo precisamente cómo debe funcionar la sororidad.
La sororidad no significa respaldar indiscriminadamente a todas las mujeres en cualquier circunstancia. Tampoco implica renunciar al pensamiento crítico, justificar conductas incorrectas o convertir el hecho de ser mujer en un salvoconducto moral. La sororidad es solidaridad entre mujeres frente a desigualdades históricas y estructurales. Es tender la mano cuando existen condiciones de vulnerabilidad, violencia, discriminación o exclusión.
Quienes utilizan el término "sororidad selectiva" también parecen ignorar que todo movimiento social serio trabaja mediante especialización. Compartimos una causa común —la igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres—, pero cada organización concentra sus esfuerzos donde puede generar mayor impacto. Quienes representamos a las mujeres del sector privado dedicamos buena parte de nuestro trabajo a promover el empoderamiento femenino, la inclusión laboral, impulsar sistemas de cuido, defender el principio de igual salario por trabajo de igual valor y eliminar las barreras que frenan el desarrollo económico de las mujeres. Eso no significa que ignoremos problemas tan graves como la violencia doméstica, los femicidios o la trata de personas; simplemente reconocemos que otras organizaciones poseen mayor experiencia y capacidad para liderar esas agendas. Del mismo modo, los colectivos que trabajan en participación política, derechos sexuales y reproductivos, educación o acceso a la justicia concentran sus esfuerzos en esos ámbitos sin dejar de compartir el objetivo común. Eso no es sororidad selectiva. Es división inteligente del trabajo, especialización y uso responsable de recursos limitados para avanzar, desde distintos frentes, hacia una misma meta: la igualdad.
Quienes hoy utilizan la expresión "sororidad selectiva" pretenden insinuar incoherencia o hipocresía. Pero olvidan que ningún ser humano, organización o movimiento dispone de recursos infinitos para atender todas las causas con la misma intensidad. Elegir prioridades no significa abandonar principios. Significa actuar con responsabilidad.
Yo seguiré defendiendo la igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Seguiré denunciando las violencias que afectan a las mujeres y apoyando a quienes más lo necesiten. Si para algunos eso es "sororidad selectiva", acepto con gusto el calificativo.
Porque la verdadera sororidad no consiste en repartir por igual nuestra atención, sino en dirigir nuestros esfuerzos hacia donde nuestras capacidades, conocimientos y recursos pueden generar el mayor impacto, sin perder de vista el objetivo común de alcanzar una sociedad más igualitaria.





































