Decía Paul Houston, antiguo director ejecutivo de la Asociación Americana de Administradores Escolares, que “nuestros colegios están perfectamente diseñados para los resultados que estamos obteniendo; si no nos gustan los resultados, tenemos que rediseñar los colegios”.
Esta frase nos puede ayudar a reflexionar sobre la situación actual de nuestro sistema educativo.
Cuando se habla de malos resultados, algunos directores se quejan de que sus estudiantes no son reflexivos, que llegan distraídos, que las familias les dan un teléfono desde pequeños y viven pegados a una pantalla. Tal vez sea cierto. Quizá han tenido muy mala suerte con los alumnos poco reflexivos que les han tocado. O también podría ser que estos colegios están perfectamente diseñados para producir estudiantes poco reflexivos y apáticos.
Otros directores se lamentan de que sus profesores no están comprometidos, que no quieren mejorar, que carecen de iniciativa e ilusión. Tal vez sea cierto. Quizá hayan tenido la mala suerte de contar con docentes mediocres y desmotivados. O también podría ser que estos colegios estén perfectamente diseñados para que sus docentes estén desmotivados y frustrados.
En la evaluación PISA 2022, Costa Rica obtuvo aproximadamente 415 puntos en lectura, el nivel más bajo registrado por el país en la última década de participaciones comparables, junto con descensos en matemática y ciencias. Algunos dicen, con razón, que la caída en los resultados fue global tras la pandemia. Pero también podría ser que nuestros colegios están perfectamente diseñados para dar este nivel de resultados.
Si observamos los resultados educativos de los últimos veinte años en Costa Rica, por no decir más —PISA, pruebas estandarizadas, informes internacionales de la OCDE, etc— la tendencia es clara y sostenida. No se trata de un accidente puntual. Los resultados son consistentes.
De hecho, análisis nacionales como el último Informe Estado de la Educación han señalado que una proporción significativa de estudiantes de 15 años muestra habilidades de comprensión lectora equivalentes a las esperadas en grados de primaria.
Podríamos decir que hemos tenido “mala suerte” durante las últimas décadas. O podríamos admitir que el sistema educativo funciona exactamente como fue diseñado… solo que su diseño está agotado, llegó a su tope y lamentablemente produce, con notable eficiencia y consistencia, estos malos resultados.
Nuestro país ha subido la inversión en educación al 6% del PIB promedio en los últimos 15 años, con una población estudiantil decreciente por la reducción en la natalidad que viene sufriendo el país. Más recursos y menos alumnos, y aún así, los resultados no se dan.
Es evidente que no nos gustan estos resultados. Ahora bien, ¿son esos los únicos resultados que deberían importarnos? ¿Es la educación únicamente comprensión lectora, razonamiento matemático, método científico y pensamiento crítico?
Cuando se le pregunta a un buen educador qué es lo más importante de su labor, rara vez responde “subir cinco puntos en una prueba estandarizada”. Lo que suele decir es: “lograr que mis alumnos sean buenas personas”, “que tengan valores”, “que sean honestos”, “que sean trabajadores”, “que contribuyan positivamente al país”.
Es decir, aquello que los profesionales en educación más valoran trasciende lo puramente cognitivo: se sitúa más en el terreno del ser –del carácter– que del saber.
Los buenos resultados académicos no son opcionales. Son necesarios. Muy necesarios. Pero el crecimiento en el ser —los valores vividos, la responsabilidad, la solidaridad, la honestidad, la capacidad de convivir en democracia, etc, etc.— no es simplemente importante: es absolutamente fundamental, al menos en esta etapa de la vida de nuestros jóvenes.
Si el diseño actual de nuestro sistema educativo, con la gran cantidad de recursos que recibe, no está produciendo ni excelencia académica ni valores sólidos –con la consistencia que el país necesita–, entonces el problema no es de “mala suerte”. Es un problema de diseño, de enfoque. De arquitectura institucional.
Ya hemos comprobado a lo largo de este siglo que rediseñar la educación no es una tarea cosmética. No se resuelve con un nuevo reglamento, una nueva prueba estandarizada o unos nuevos contenidos. Implica repensar la estructura organizacional, la cultura institucional, la formación docente, el liderazgo directivo y, sobre todo, el propósito mismo de la educación.
Durante muchos años hemos operado dentro de un “marco mental”, de un paradigma, que asume que solo hay una manera posible de hacer educación en Costa Rica. Un marco que hemos heredado, repetido y asumido como inevitable. Un marco que nos ha condicionado el diagnóstico y en consecuencia también nos ha limitado las soluciones, ver mejores opciones. Un marco que nos hace pensar que los problemas son superficiales y circunstanciales, cuando en realidad son profundos y estructurales.
Es hora de pensar diferente. Es hora de actuar diferente. Es hora de perder el miedo a rediseñar, a transformar nuestras instituciones educativas, a cambiar el marco mental que nos han impuesto. Tenemos el talento humano y los recursos necesarios para hacerlo.
Podemos seguir explicando los resultados… o podemos atrevernos a cambiarlos
Por las nuevas generaciones y por el futuro del país, bien vale el esfuerzo y el sacrificio de hacer lo correcto, cueste lo que cueste, para retomar el rumbo de la excelencia mientras todavía estamos a tiempo.
Antonio Fernández Rojas
Director Ejecutivo
Asociación para el Desarrollo Educativo y Cultural





































