Mi primera aproximación con el arte en Costa Rica fue en el año 2012. Me mudé al país un 30 de junio, era mi segunda vez en Costa Rica pues la primera ocasión había sido para tener la entrevista de trabajo. Ese domingo que llegué a Tiquicia no sabia que acá iba a echar raíces, ni se me ocurrió que iba ser residente temporal, residente permanente y posteriormente ciudadano. Que incluso votaría por primera vez un domingo de febrero del año 2026. Tampoco sabía que tras casi 5 años en el trabajo que me abrió las puertas del país, fundaría mi oficina legal para trabajar por mi cuenta. En ese momento tenía 24 años y solo quería una oportunidad, y esa oportunidad me la regaló la oficina que me recibió.
Llegué un domingo. Mi primo Alfred, que había estudiado en el INCAE y se había radicado en Costa Rica después de unos años entre Chile y Panamá, fue a recogerme al aeropuerto. Yo venía emocionado por desenvolverme en una firma donde estaría en el área de litigios y a rbitraje. Poco sabía entonces que esa firma de abogados (Batalla, ahora conocida como Alta Batalla), no solo me formaría en ética profesional, en el arte del derecho y en el manejo de las relaciones con los clientes, sino que también me daría una primera y profunda aproximación a la cultura costarricense pues cuenta con una obra enorme gracias a la pasión de don Alejandro Batalla Bonilla, recipiente de múltiples honores incluyendo Caballero de la Orden del Mérito y Caballero de la Legión de Honor, la máxima condecoración que otorga Francia).
La cultura se manifiesta de muchas maneras. En la civilidad cotidiana, en la forma de convivir, en la parte cívica, como por ejemplo en no tirar basura en las calles. Esa lección la aprendí incluso antes, siendo adolescente, cuando mi profesora Emily me siguió en su carro para decirme que lo que había hecho estaba mal, después de que yo tirara basura desde el mío. Esa vergüenza me marcó la vida. Nunca más volví a tirar basura. Le agradezco hasta hoy no solo la corrección, sino haberme enseñado la importancia de ser corregido. Eso es fundamental.
En aquella oficina había algo muy particular. Además de casos interesantes, había cultura, había sensibilidad y había arte. Todas las salas de reuniones tenían referencias a grandes pintores costarricenses. Recuerdo menciones a Maffioli, Flora Zeledón entre otros artistas nacionales. Toda la oficina estaba hecha como un museo, con arte debidamente curado por todo el edificio: tanto en oficinas privadas como en áreas comunes, dejando una sensación de gran cultura y clase dentro del espacio diseñado con alma y pensamiento. De las decenas de obras, hubo uno que me marcó profundamente: el de Leonel González. Sus mujeres afrocaribeñas siempre me impactaron, me encanta verlas tan joviales, tan divertidas, tan fuertes, tan empoderadas. Mujeres que retratan los puertos limonenses con colores intensos, con cuerpos sólidos, con una actitud aguerrida para hacerle frente a la vida.
“Cocada, 15 de setiembre”
Cuando nos cambiamos de edificio, me sentaron frente a una pintura monumental suya, de aproximadamente 2.60 por 3 metros. Tenerla enfrente a esa pintura que dominaba el color naranja y verla todos los días era una conversación silenciosa, constante, casi un acompañamiento. Leonel, herediano y amante del hiking, terminó su existencia terrenal en una tragedia durante una caminata. Su vida se apagó ahí, pero no su legado. Su obra sigue viva, se sigue transfiriendo, se sigue admirando y sigue dialogando con quienes la miran.
Mi primera obra de arte no fue costarricense, pero la recibí viviendo en Costa Rica, lo que habla un poco de la energía pro arte que existe en este país. Fue en el 2014 cuando Leticia Banegas me regaló un cuadro que me prometió que me daría cuando yo viviera solo por primera vez, cuando tuviera mi propio espacio. Y así fue. Me regaló una pieza majestuosa que aún conservo y preservo como un gran tesoro: una mujer de pelo verde, fondo dorado y una bufanda cubriéndole la boca, como recordatorio silencioso de que hay que escuchar más de lo que se habla.
Con el tiempo entendí que para muchas personas el arte funciona así. No solo como una adquisición, sino como un marcador de vida, como una señal de que algo importante está ocurriendo. Una especie de landmark emocional. Yo a Leticia le agradezco esa semilla que implantó en mi inconsciente. Desde entonces aprendí algo que no he dejado de confirmar: cuando hay algo importante, hay que buscar arte.
Con el tiempo fui encontrando otros artistas que me han marcado. El maestro Jiménez Deredia, por ejemplo, embellece la ciudad de San José (y muchas otras más, como Miami por ejemplo) con esculturas que aparecen casi como si fueran Pokémon legendarios que están ahí, esperando a ser encontradas. Pasas por Bacchus y aparece una en la entrada. Caminas por Avenida Escazú y la encontras como obra central del redondel; pasas por el Museo Nacional y en la entrada te recibe “Herencia”. Entras a FN Gallery y te recibe una serie de piezas majestuosa del artista en bronce y mármol.
Tuve la oportunidad de conversar con él en una ocasión y darme cuenta de que su grandeza no radica solo en haber expuesto en todo el mundo, o en ser el único artista latinoamericano con obra en el Vaticano, sino en su cercanía, en su humildad, en cómo te explica, te guía, te cuenta su camino. Me habló de encuentros con el Papa Francisco, con Fernando Botero, de cómo compartieron técnicas, de cómo se intercambian saberes entre artistas porque eso es lo que son: artesanos del alma.
Ahí entendí algo más profundo. Los artistas no crean únicamente para exteriorizar lo que llevan dentro. Crean porque hay algo que necesita salir, porque hay emociones que necesitan materializarse para no quedarse atrapadas en el cuerpo. Pintan, dibujan y esculpen para exprearse, algunos quizas para salvarse a sí mismos, pero en todo caso terminan salvando a otros. En cada obra hay un pedazo de alma del artista, pero también un espacio abierto para que quien la mira se encuentre consigo mismo, es casi como si consturyense un espejo almíco. En ese proceso, casi sin quererlo, el artista va escribiendo también su nombre como leyenda.
Esto no lo comprendí del todo la primera vez que vi la obra de Federico Herrero. Esa primera vez fue alrededor del 2012 o 2013, en Avenida Escazú, en una galería que estaba donde en ese momento quedaba la tienda Gap. Recuerdo perfectamente que era un sábado. Yo estaba aburridísimo, me sentía triste, solo, desubicado. Entré casi sin ganas y vi esa obra. Y dije, wow, ¿qué es esto? Sentí energía, electricidad, vida. Justo la vida que me estaba haciendo falta en ese momento. Una sola obra de arte me sacudió por dentro.
Ahí entendí algo que nunca olvidé. Hay trabajos que despiertan emociones dormidas, que reavivan fuegos que se apagan. Por eso a veces pienso en el arte como pequeñas cápsulas, como pastillas, como vitaminas para el alma. Tal vez por eso la gente paga tanto por ciertas obras. No es por el objeto. Es porque despiertan cosas que no despierta ninguna otra energía.
Desde entonces seguí la trayectoria de Federico con atención. Años después, cuando viajé a São Paulo, en 2023 o 2024, esa historia se cerró de forma circular. En el gran salón del Museu de Arte de Sao Paulo Assis Chateaubriand (MASP), un espacio impresionante donde conviven grandes maestros de la historia del arte sin separaciones cronológicas Rembrandt, Goya, Picasso, Van Gogh, Dalí, Matisse, Diego Rivera, Frida Kahlo,Do Amaral, entre otros), conocí su obra “Pau de Açúcar”. Una pieza majestuosa, vibrante, llena de color, que irradia alegría, energía y de alguna forma ejemplifica el mítico “Pura Vida” de su natal Costa Rica.
Pau de Açúcar, Federico Herrero
Ver a un costarricense ahí, dialogando de tú a tú con grandes artistas fue profundamente conmovedor, impactante y revelador. El diseño arquitectonico del museo, deja ver entre lineas es que aquellos que estan en ese plano, en ese piso, en ese galerón abierto, están al mismo nivel.
Imagen del salón principal del MASP
También he ido encontrando otros artistas que me encantan, como Carlos Tapia y sus gatitos rosados; e Isidro Con Won con sus colores intensos y toros. Me lo imagino hoy en el cielo, subido sobre un toro, cantando a todo pulmón “Ese toro enamorado de la luna que amanece en la luna”, rodeado de paisajes tan coloridos y fosforescentes como su obra. Hay artistas que logran eso: que su obra siga cantando incluso cuando ellos ya no están.
Costa Rica está llena de arte y de artistas extraordinarios.
Y creo que la grandeza de un país también se mide por cómo trata a sus creadores. Por eso me parece importante mencionar a quienes sostienen ese ecosistema,desde la Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional que abre sus casas de estudios para que estudiantes se formen en técnicas e historia del arte; así como prestigiosas galerias que promueven el arte costarricense: Enmarcarte, Galeria 11-12, Galeria Art Flow, FN Galleryasí como diferentes sitios web que promueven el arte nacional como galeria de arte nacional o arte de colección. En todo caso extiendo saludos especiales para don Adolfo Goldberg y , a Avi doña Frida, quien te recibe con amabilidad, hospitalidad y con una calidez muy especial, como el cariño que uno recibe de esa tía querida que todos tenemos. También destaco el excelente trabajo que hace el Santa Ana Country Club, que actualmente alberga una exposición espectacular que mezcla Artistas emergentes y veteranos abriendo sus majestuosas puertas para estos artes convivan en un mismo espacio, que los jovenes puedan soñar alcanzar alturas que requieren de esos impulsos y que demuestra que el arte esta vivo, crece y se renueva.
Aplaudo a los artistas que crean con pasión, con ganas, desde el amor y desde lo más profundo de sus sentimientos. El dinero llega cuando el trabajo vibra alto, cuando es honesto, cuando es verdadero.
Y cierro volviendo al derecho: “El arte es vida”. Tenía razón, don Alejandro.
Que viva Costa Rica.





































