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Lunes 17 Septiembre, 2007

¿Morbo o vacío existencial?

Impresiona en cada accidente de tránsito que son más los presentes por la curiosidad de observar el acontecimiento, que los realmente implicados en los hechos.
No es raro que entre los pocos que se mantienen al margen, surjan conjeturas al respecto de este comportamiento tan singular y generalizado. Lo primero es siempre cuestionar si no limitarán el oxígeno a quienes lo están necesitando como nunca en su vida, si no estarán estorbando la labor de los cuerpos de socorro o, simplemente, entorpeciendo aún más el tránsito, ya de por sí terriblemente congestionado.
Luego del primer cuestionamiento, crítico y humanitario, sobreviene la inquietud sobre los elementos invisibles dentro de la caja negra de cada cabeza, que mantiene a los “testigos secundarios” apreciando cada detalle de la emergencia, con tal entusiasmo que da la sensación de que solo les faltan las palomitas de maíz para sentirse como en el cine.
La conclusión más simple y popular se resume en el morbo; ese cosquilleo interno que nace de nuestro propio lado oscuro, el Tánatos opuesto a la vida, tan primario que ocupa en la psique un lugar tan importante como el deseo de sobrevivencia.
Si detenemos en este punto nuestras reflexiones, casi deberíamos reconocerle a Hobbes su afirmación de que la naturaleza del ser humano es de por sí maligna, pero resulta que existe una explicación aún más aterradora para este tipo de conducta: el vacío existencial tan bien descrito por Viktor Frankl.
El ritmo veloz del bienamado siglo XXI ha dado giro definitivo a la expresión “trabajar para vivir”. Resulta que las cargas económicas, el consumismo desechable, el mantener o alcanzar un estatus y otras maravillas modernas, nos han alejado de la posibilidad de encontrarle un sentido a la vida, o lo que es peor, de buscarle uno.
La incapacidad de imaginar un sentido a nuestra propia existencia, ha encasillado a la humanidad en una pantalla negra con control remoto, donde vivimos a través de otros las emociones que no encontramos en la vida ordinaria. De esa manera, el accidente de tránsito se convierte en algo parecido a la televisión, pero con la ventaja de ser en vivo.
Apoyan esta teoría las altas audiencias de los noticiarios y de los programas de concursos, así como la creciente población que se matricula en vidas virtuales a través de Internet.
Siendo de esta manera, la próxima vez que nos encontremos con un conglomerado observando un accidente, no pensemos que todos son “binos” o que lo hacen por morbo. Para algunos, observar ese percance puede ser la cosa más importante que les suceda en días o semanas. La anécdota llenará la hora de almuerzo en el trabajo o el momento antes de acostarse. Porque lamentablemente, lejos de las penas y glorias propias, para muchos la parte emocionante de su vida, recae en las desgracias de los otros.
La clave de la resiliencia en este caso, anida en la capacidad de cada uno, quizá no de encontrar, pero sí de seguir buscando ese algo que le dé sentido a nuestra propia existencia (el porqué de nuestro cómo), que nos permita mirar otras vidas, reales o ficticias, y no vivir a través de ellas.

Rafael León Hernández
Psicólogo

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Celular 830-4023