En París, Francia existe una pastelería convertida casi en teatro visual: el universo de Cédric Grolet. Sus vitrinas exhiben frutas falsas, perfectas, brillantes, talladas en chocolate con una precisión obsesiva. Mangos, limones, mandarinas y avellanas aparecen como pequeñas esculturas comestibles que pueden costar 30 o 35 euros y que, al romperse, revelan una crema, una jalea o una mousse cuidadosamente diseñada para recordar el sabor de la fruta real.
El efecto impresiona, son populares, logra largas filas…pero también deja un sin sabor. Tanto despliegue técnico, tanta fila, tanta vitrina y tanta expectativa para regresar, al final, a una pregunta sencilla: ¿en qué momento la imitación de una fruta se volvió más deseable que la fruta misma?
[imagen 1: Lineas para entrar a la pasteleria de Cédric Grolet. Imagen 2: postre hiperrealista de Cédric Grolet: un mango]
En Tokio también existe otra escena reveladora. Algunas tiendas especializadas venden fresas blancas, melones y mangos como verdaderos objetos de veneración. No se exhiben como alimentos cotidianos, sino como piezas de lujo. Las fresas blancas parecen casi irreales. Los melones, por su textura cercana al algodón, su precio y presentación, pueden verse más como un item de lujo, más que de una fruta de supermercado. Los mangos aparecen colocados sobre pedestales, envueltos y presentados como regalos premium.
Los precios pueden ir desde decenas hasta más de cien dólares por una sola fruta, incluso se han reportado mangos que se han vendido (por unidad) en dos mil dólares. En Japón, por supuesto, esta práctica tiene una dimensión cultural importante: la fruta perfecta forma parte de una tradición de regalo, de estacionalidad, de cuidado del detalle y de respeto por quien cultiva. No se trata simplemente de extravagancia. También hay una estética del agradecimiento y de la excelencia agrícola.
Pero incluso reconociendo esa tradición, la escena deja una pregunta abierta: ¿qué ocurre cuando la fruta real se separa de la vida cotidiana y empieza a ocupar el lugar simbólico de una joya?
[Imagén 3: tienda japonesa de frutas de lujo, con melones o mangos exhibidos como regalos premium]
Frente a esa sofisticación, resulta inevitable pensar en formas más simples de abundancia: los mangos de patio, los mangos maduros, los mangos congelados que muchas familias han comido como si fueran helados caseros. Mangos sin empaque, sin ceremonia y sin pretensiones. Mangos. Nada más y nada menos que mangos.
Ese preambulo abre una tercera escena que está mucho más cerca: la feria orgánica de Aranjuez, en San José fundada por el señor Rolf Ruge. Ahí llegan costarricenses y extranjeros a comprar frutas, vegetales, panes, quesos, café, flores, productos fermentados y alimentos cultivados con un esfuerzo logístico enorme. No hay espectáculo pastelero ni frutas elevadas al rango de reliquia. Hay algo mucho más importante: una red viva entre la tierra, quien produce y quien consume.
Aranjuez representa una posibilidad que todavía existe en Costa Rica: que lo natural no sea una ficción de lujo ni un objeto de vitrina, sino parte de la vida cotidiana.
[Imagén 4: Feria Orgánica de Aranjuez, con puestos de frutas, vegetales y compradores]
Estas tres escenas, París, Tokio y San José muestran tres maneras de relacionarnos con la comida y, sobre todo, con la naturaleza. En un lugar, se la imita. En otro, se la encarece. De alguna forma la pastelería francesa nos muestra un mundo futurístico, como si viajaramos en el tiempo en el año 2150 en la que solamente se pueden contar anécdotas del sabor un mango, y la pastelería viene a servir como una simulación para probarlo. En Tokio, por el otro lado, podríamos imaginarnos también que nos da acceso a ese mismo año 2150, pero donde solamente aquellos que lo valoren lo suficiente podrán probar las dulces mieles que otorgan los mangos y melones.
En el tercero, el de la feria verde de Aranjuez, todavía se la sostiene La pregunta es cuánto tiempo más podremos sostener esa tercera escena.
Como abogado migratorio, cada vez escucho más una frase en mi oficina: “Quiero mudarme a Costa Rica porque quiero una vida más simple, comida orgánica, naturaleza, aire, tranquilidad”. Esa demanda no es casual. Costa Rica se está presentando ante el mundo como un refugio habitable en una época cada vez más artificial, más saturada y más cara.
El problema es que ese atractivo también presiona el país. Presiona la tierra, el agua, la vivienda, la infraestructura y la seguridad alimentaria. Presiona, incluso, aquello que vuelve deseable a Costa Rica.
Por eso este tema no puede leerse solo como gastronomía, turismo o estilo de vida. También es un tema de política migratoria. Si cada vez más personas con capital quieren venir a Costa Rica precisamente por aquello que el mundo está perdiendo, entonces Costa Rica no puede seguir tratando su acceso migratorio como si estuviera liquidando su principal activo.
Un país que ofrece estabilidad, paisaje, clima, alimentos frescos y una vida menos artificial no puede cobrar tasas migratorias simbólicas a los migrantes de capital. Tiene que cobrar más.
Cobrar más no es xenofobia. Es política pública. Es reconocer que vivir en un país como Costa Rica tiene valor y que ese valor debe traducirse en una contribución real. Si una persona quiere migrar acá porque aprecia la calidad de vida que ofrece este país, entonces debería pagar bastante más que una tarifa mínima. Mil, mil quinientos o tres mil dólares para ciertos perfiles de migrantes de capital no suena exagerado. Suena lógico. También se podría cobrar una tarifa gubernamental por las renovaciones y no solo por el DIMEX. Esto podría llenar de fondos al Estado para múltiples razones.
Pero cobrar más solo tiene sentido si ese dinero se usa bien. Una reforma migratoria seria no puede limitarse a subir tarifas. Si Costa Rica decide cobrar más a ciertos perfiles de migrantes de capital, esos recursos deben tener un destino claro: fortalecer la capacidad operativa de la Dirección General de Migración y Extranjería, contratar más personal, reducir atrasos, digitalizar procesos, mejorar controles y reconocer incentivos o bonificaciones para los funcionarios que sostienen cargas de trabajo extraordinarias.
Cobrar más también puede tener un efecto regulador. Una tarifa más alta reduce solicitudes improvisadas, desincentiva el uso abusivo del sistema y permite que el país atienda mejor a quienes realmente desean regularizarse. No se trata de cerrar la puerta, sino de ordenar la entrada.
En paralelo, deben endurecerse las consecuencias para quienes permanecen irregularmente en Costa Rica sin iniciar un proceso migratorio. Actualmente, la Ley General de Migración y Extranjería establece una multa de cien dólares por cada mes de estancia irregular en el país o, en su defecto, una prohibición de ingreso por un plazo equivalente al triple del tiempo de permanencia irregular. Esa regla, en la práctica, resulta insuficiente si no se aplica de forma efectiva o si el monto no genera un incentivo real para regularizarse.
Una reforma razonable podría elevar significativamente esa multa para turistas y migrantes de capital en condición irregular. Por ejemplo, mil dólares por cada mes de estancia irregular, acompañado de un impedimento de entrada de tres meses por cada mes de permanencia indebida. El mensaje debe ser claro: Costa Rica puede ser un país abierto, pero no un país ingenuo. Quien quiere vivir aquí debe hacerlo en regla.
Lo digo, además, desde la perspectiva de alguien que también fue inmigrante y decidió regularizarse (y que ahora soy tico). Vivir en un país que no es el propio implica derechos, pero también obligaciones. No puede ser más barato quedarse irregularmente que cumplir con la ley.
He venido desarrollando esta discusión en otras columnas sobre reforma migratoria, gentrificación, turismo perpetuo y migrantes de capital, porque Costa Rica necesita dejar de improvisar su política migratoria y empezar a pensarla como una herramienta de sostenibilidad nacional. En “Reforma Migratoria y Gentrificación en Costa Rica: Soluciones para un Futuro Sostenible”, planteé la necesidad de revisar el impacto económico y territorial de la migración de alto poder adquisitivo. En “Turismo perpetuo: el agujero negro de la política migratoria costarricense”, analicé cómo ciertos vacíos migratorios permiten que personas vivan en el país sin una integración jurídica adecuada. En “El Golden Card de EE.UU.… ¿Y el de Costa Rica?”, propuse pensar si Costa Rica debería tener una lógica más estratégica para atraer capital. Y en “Notas para una reforma migratoria (I): Uniformización de las categorías de migrantes de capital”, abordé la necesidad de ordenar las categorías migratorias vinculadas a inversión, renta y capital.
El lujo del futuro no debería ser pagar cien dólares por un mango. El verdadero lujo debería seguir siendo algo mucho más simple: poder comer fruta real, producida por gente real, en un país que todavía entiende que la naturaleza no es adorno, ni mercancía exótica, ni promesa publicitaria. Y si Costa Rica es fiel a su tradición verde y quiere continuar protegiendo ese activo, tendrá que implementar reformas importantes propias de un país que sabe cuánto vale lo que tiene.





































